Los humanos estamos tan habituados a
considerarnos los amos de la creación que, aunque sólo sea de vez en cuando,
unas lecciones de humildad no le sobran a nadie; nos lo recuerda Miguel de
Cervantes cuando recoge un coloquio entre perros: “la humildad es la base y
fundamento de todas virtudes, sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana
inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines
nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y
menoscaba la arrogancia de los soberbios”. Y ya que hablamos de la fauna: casi
todos los lectores instruidos saben que los colores que vemos nosotros, no los
ven los otros mamíferos; los toros y los perros, por ejemplo, ven colores ciertamente,
pero no todos, ellos, como muchos mamíferos, son daltónicos. ¿Existen animales
con más aptitudes ópticas? No, sin ninguna duda, contestará ufano algún lector
presuntuoso. Le recomiendo que continúe la lectura, para opinar con más
argumentos. Los humanos tenemos tres tipos de receptores en los ojos capaces de
detectar el color (como las pantallas de televisión); se trata de células que
captan un color concreto de la luz (el rojo, verde o azul), lo convierten en una
señal eléctrica y, a continuación, la envían –a través de las fibras nerviosas,
que actúan como cables transmisores- a la zona del cerebro donde se produce la
visión: la mezcla de las tres señales constituye nuestra percepción del color.
No sucede lo mismo con las aves: tienen cuatro clases de receptores, los tres
de los mamíferos y uno más, un receptor de rayos ultravioleta; la mezcla de las
cuatro señales constituye la percepción de las aves. Esto significa que dos
cuervos negros, cuyos colores son indistinguibles para el ojo humano pueden
ser, para sus congéneres, de un color tan diferente como el azul y el amarillo
para nosotros. Dicho de otra manera, la visión en color de los humanos puede
cartografiarse en la superficie de un triángulo, cuyos vértices ocupan los tres
colores fundamentales; pero para cartografiar la visión de las aves
necesitaríamos una pirámide, cuya base correspondería a los colores que vemos
los humanos y cuyo volumen representa a los colores que ven las aves.
¡Increíble! Los humildes pájaros que matan algunos niños a pedradas y ciertos
adultos a escopetazos tienen una visión que ya quisiera para sí cualquier
humano. ¿El cazador que abate una pieza pensará en el maravilloso ser que
destruye?
sábado, 29 de diciembre de 2007
sábado, 22 de diciembre de 2007
Diabluras de un diminuto diablo
La
termodinámica, la ciencia que explica el funcionamiento de la mayoría de los
motores que usamos hoy, se basa en tres leyes que un físico enunció de una
manera informal. La primera dice: “nunca puedes ganar, en el mejor de los casos
aspira a no perder”; la segunda: “sólo puedes no perder en el cero absoluto”;
la tercera: “no puedes alcanzar el cero absoluto”. Deseo remarcar que las leyes
son válidas únicamente en el ámbito macroscópico, e inaplicables a nivel
microscópico porque si no…
Los
estudiosos lectores, sobre todo los que saben mucha física, asegurarán que el
calor siempre pasa espontáneamente de un cuerpo caliente a uno frío. ¿Seguro?
¿Sí? Os propongo un experimento mental: imaginemos un recipiente lleno de aire,
y dividámoslo en dos partes iguales, separadas por una pequeña compuerta
cerrada. Si dispusiéramos de un microscopio que nos permitiera ver las
moléculas individuales, observaríamos que se mueven desordenadamente.
Calentemos el gas de la parte izquierda y mantengamos frío el gas de la
derecha; como sabemos (o deberíamos saber) que la temperatura es una manera de
medir la velocidad media de las moléculas, deducimos que las moléculas
calientes de la izquierda tienen una velocidad media superior a las frías de la
derecha; sin embargo, como son medidas medias, unas pocas moléculas de la
izquierda tienen velocidades menores que la media de la derecha, y unas pocas
moléculas de la derecha tienen unas velocidades mayores que la media de la
izquierda.
Un
diminuto ser imaginario -diablo de Maxwell apellidado- observa las moléculas
individuales, mide sus velocidades con un detector (como si fuera un guardia
civil de tráfico), y abre y cierra a voluntad la compuerta de separación entre
ambos recipientes. Cuando observa que una molécula lenta del lado caliente se
dirige hacia el lado frío, abre la compuerta y deja que cambie de lugar; hace la
misma operación cuando observa que una molécula rápida del lado frío se dirige
hacia el cálido. ¿Qué sucede entonces? En el recipiente izquierdo cada vez hay
más moléculas rápidas -por tanto su velocidad media será mayor y también su
temperatura- y en el recipiente derecho hallaremos más moléculas lentas, que
disminuyen la velocidad media y, por consiguiente, la temperatura. En resumen,
está pasando calor de un cuerpo frío a uno caliente: un proceso totalmente
prohibido por las leyes de la termodinámica ¿o no? ¿Es posible diseñar tal
artilugio?, ¿hay algún fallo en el razonamiento?
sábado, 15 de diciembre de 2007
El comercio justo y los monos
Los
economistas tradicionales sostienen la tesis de que maximizar los beneficios es
el fundamento de cualquier actividad comercial. Estoy seguro que muchos
estudiosos y sabios lectores sostendrán la misma opinión; también sospecho que
disponen de pruebas más o menos convincentes. Voy a comentar un experimento
efectuado con animales que espero les haga reflexionar sobre el asunto.
Unos
investigadores enseñaron a una pareja de monos capuchinos a intercambiar un
guijarro por un pepino; los monos comprendieron rápidamente la lógica del
cambio e intercambiaban de buena gana guijarros por pepinos. Pero los biólogos
también saben que los monos capuchinos tienen firmes preferencias
gastronómicas: concretamente, prefieren las frutas a las hortalizas.
Considerando esa particularidad los investigadores acordaron continuar el
experimento de la siguiente manera; a cambio de los guijarros dieron a uno de los monos uvas (uno de sus
manjares preferidos) en vez de pepinos. La variación, aparentemente banal, alteró
de manera radical el experimento; el otro mono, que hasta entonces seguía
animadamente el juego para obtener el pepino, de repente, se reveló, se puso en
huelga. No sólo actuaba de mala gana, sino que lanzaba los guijarros fuera del alcance del investigador, rehusaba aceptar el pepino y, en ocasiones, airado,
arrojaba los pepinos al injusto investigador. Rechazar una paga
desigual, algo que también hacemos los humanos a menudo, va contra las premisas de la
economía tradicional. Si maximizar los beneficios fuera lo único que importara,
un individuo debería tomar todo lo que pudiera sin permitir que el
resentimiento, la envidia o cualquiera otra emoción interfirieran en su elección: no actuamos así. Los etólogos
sospechan que la evolución ha seleccionado las emociones que influyen en el
comportamiento para alentar el espíritu de cooperación; a corto plazo, preocuparse
de lo que obtienen los demás parece irracional; pero a la larga evita
que se aprovechen de uno. Nosotros, como los demás primates, debemos
protegernos de los egoístas explotadores y repartir con equidad los beneficios
de las tareas colectivas; por ello compartimos con quienes nos ayudan y
exhibimos intensas emociones de rechazo cuando se defraudan nuestras
expectativas de cooperación: desalentar la explotación resulta fundamental para que la cooperación
persista en un grupo. La indignación ante tratos injustos y otras reacciones
emocionales (que no racionales) acompañan a las negociaciones entre hombres y
entre animales, explican algunos comportamientos humanos y forman parte de
nuestro bagaje genético. Parece que, además de competitivos, somos primates
cooperadores. Tenemos motivos para estar felices.
sábado, 8 de diciembre de 2007
La teoría de la relatividad y una posible causa de divorcio
Estamos tan habituados a considerar que
los acontecimientos de nuestro pequeño planeta -que suceden a velocidades y
gravedades moderadas- representan la normalidad, que tendemos a pensar que debe
ocurrir lo mismo en otros lugares del universo. ¡Nos equivocamos! Pero
necesitamos de instrumentos muy precisos y de un ingenio muy agudo para
comprobarlo. La teoría de la relatividad es una de esas muestras de ingenio
humano que hasta el más sagaz de lo jugadores del sudoku se queda pasmado,
cuando la comprende. A un científico, llamado Albert Einstein, se le ocurrió
una teoría que, entre otras conclusiones, establece que el reloj de un físico viajero
va más despacio que el reloj de otro físico inmóvil; además, propone una
ecuación para hacer el cálculo de la cantidad exacta del retraso del reloj;
conociéndola, deducimos que, cuanto más se acerque la velocidad del físico
viajero a la increíble cantidad de trescientos mil kilómetros por segundo, se
notará más la anomalía. Esta proposición de la relatividad es tan contraria al
sentido común, que uno no puede dejar de preguntarse si no se trató de un mal
sueño de Einstein. Son tan escépticos los científicos que no creen en la bondad
de una teoría si antes no la someten a una serie de pruebas; y eso hicieron:
situaron cronómetros muy precisos en satélites y comprobaron que el tiempo
marcado por los cronómetros terrestres era distinto del medido en órbita, y en
las cantidades que pronosticaba la teoría; otros científicos prefirieron
emplear unos electrones pesados (técnicamente llamados muones) para hacer las comprobaciones;
estas partículas viven más tiempo (tardan más en desintegrarse) cuando se
mueven, que cuando permanecen en reposo, y justo la cantidad predicha por
Einstein.
Ya
que podemos aceptar como cierta la relatividad, juguemos un poco con ella. Si
un astronauta viajara a velocidades muy altas, su tiempo caminaría más lento,
por lo que, al regresar a la Tierra, podría encontrar que su viaje duró, según
un calendario terrestre, medio siglo, aunque en su calendario sólo hubiera
transcurrido un año. Hagamos un sencillo cálculo, si el astronauta y su cónyuge
tenían ambos treinta años al comenzar el viaje; a su término, el astronauta
tendría treinta y uno y su cónyuge ochenta ¿Se reconocerían al encontrarse? ¿Continuarían
amándose o se divorciarían?
sábado, 1 de diciembre de 2007
¿Eran inteligentes los humanos primitivos?
No
dudo que los animales sean inteligentes, pero lo son de una manera distinta a
nosotros; y al hablar de inteligencia me refiero al pensamiento simbólico, o a
la conciencia, o como quiera llamársela. Igual que la vida es cualitativamente
diferente de la materia, entiendo que la inteligencia humana también resulta
cualitativamente diferente de la animal. Y considero a la conciencia como una
propiedad emergente, atribuyéndole el mismo sentido que puede tener la superconductividad:
un sólido no presenta más o menos superconductividad, o la tiene o no.
El
registro fósil nos informa que los humanos diferimos de los simios en tres
rasgos biológicos: el aumento del volumen del cerebro, la locomoción con dos
piernas y la remodelación de la mandíbula. La inteligencia debe depender del
tamaño del cerebro, pero se trata de una cuestión compleja, porque los tamaños
cerebral y corporal están mutuamente relacionados. Aclaro: un gigantesco
dinosaurio tendrá un cerebro mayor que un humano, pero no será más inteligente;
porque usará su cerebro casi íntegramente para recibir la inmensa cantidad de
datos de los sentidos de un cuerpo descomunal, y para mover una enorme cantidad
de músculos, mientras que la mayor parte del cerebro humano, libre de funciones
corporales, se emplea en el pensamiento. Por tanto, considero necesario, para
la aparición de una inteligencia superior, que no sólo el tamaño del cerebro
sea grande, sino también que sea desproporcionadamente grande respecto al cuerpo.
Con esta premisa juzgo que ningún otro animal que existe -o existió- reúne las
características para tener una inteligente superior.
¿Y
los homínidos? Durante dos millones y medio de años los primitivos humanos
únicamente emplearon utensilios estrictamente utilitarios. Pero en el breve
período que va de hace cuarenta y cinco mil años a hace cuarenta mil, la
cultura cambió más que en cualquier época anterior; aparecieron los primeros
objetos de naturaleza simbólica: adornos del cuerpo o representaciones de la
naturaleza. Tal creación técnica y artística significa que había aparecido la
primera cultura cuyos miembros poseían la capacidad para el pensamiento y
comunicación simbólicos, en otras palabras, eran conscientes. Ignoramos por qué
sucedió, pero atribuimos el fenómeno a procesos culturales, no biológicos. ¿Qué
innovación provocó la transformación? No hay mejor alternativa que el lenguaje,
aunque ignoremos cómo surgió.
Ninguno
de los homínidos anteriores poseía conciencia, porque ninguno fue capaz de crear
objetos de naturaleza simbólica como lo hicieron los Homo sapiens; únicamente ellos
tenían el cerebro adecuado para que surgiese la inteligencia superior.
sábado, 24 de noviembre de 2007
Los fantasmas y el principio de incertidumbre
Los
fantasmas no existen. ¿De qué argumentos me sirvo para demostrar tan categórica
negación? Los científicos han comprobado, en los laboratorios de todo el mundo,
que existen tres leyes de conservación que se cumplen en todo el universo: una
de ellas, la ley de la conservación de la masa-energía estipula que la cantidad
total de masa y energía permanece inmutable, no se crea ni destruye. Para
admitir la existencia de un fantasma tendría que suponer que algo, el fantasma,
se crea de la nada, lo que implica el incumplimiento de la ley. Dicho lo cual,
y con talante juguetón, voy a contar cómo podemos burlar esta ley física, y
permitir que aparezcan partículas de la nada, repito partículas y ¡no
fantasmas!
La
mecánica cuántica explica el comportamiento de la luz y de las partículas que
componen el universo. Esta teoría física nos permite diseñar los componentes de
los ordenadores (que funcionan), fabricar láseres (que funcionan), construir
bombas atómicas (que, por desgracia, también funcionan) y entender el
funcionamiento de las estrellas. El problema de la teoría consiste en que,
aunque sus resultados se comprueban todos los días, las bases sobre las que se
funda son disparatadas. Una de ellas -que propuso Werner Heisenberg- afirma lo
siguiente: el conocimiento que los físicos tienen de algunas magnitudes físicas
(tales como la energía y el tiempo) presenta un límite; y no se trata de que
podamos medirlas con mayor o menor precisión, sino que carecen de un valor
fijo. Concretemos, aseguramos que el desconocimiento que un observador tiene de
la energía de una partícula, multiplicado por el desconocimiento del tiempo que
vive, nunca ha de ser menor que una cien trillonésima de trillonésima (si
medimos la energía en julios y el tiempo en segundos). Como la teoría de la
relatividad establece que masa y energía son sinónimos, garantizamos que el
desconocimiento de la masa de una partícula multiplicado por el desconocimiento
del tiempo que vive siempre será mayor o igual que un número conocido. La
conclusión resulta obvia: eligiendo un valor lo suficientemente pequeño para la
ignorancia del tiempo de vida, la ignorancia de la masa alcanzará un valor tan
grande como queramos. Pongamos un ejemplo: para un tiempo de vida minúsculo, el
desconocimiento de la cantidad de masa que puede haber en un espacio concreto,
a priori vacío, puede ser de sesenta kilogramos, es decir, una partícula (¡y no
un fantasma!) de sesenta kilogramos podría existir durante ese tiempo.
¡Increíble!
sábado, 17 de noviembre de 2007
¿Existen inteligencias extraterrestres?
Fijémonos
en nuestra galaxia, la Vía Láctea, además de cientos de miles de millones de
estrellas, probablemente contenga más de mil millones de planetas semejantes a
la Tierra; si considero posible la existencia de bacterias en otros astros del
sistema solar, aun faltando observaciones que la confirmen, también considero
probable la existencia de bacterias en planetas extrasolares. Ahora bien, ¿en
alguno habrá vida compleja, o sea, pluricelular?, más aún ¿en alguno habrá vida
consciente?
En
el año 1995, el zoólogo Ernst Mayr y el astrónomo Carl Sagan mantuvieron un
apasionante debate sobre la posibilidad de existencia de inteligencias
extraterrestres. El primero consideraba probable la existencia de bacterias
extraterrestres e improbable la inteligencia; para el segundo la existencia de
las inteligencias no humanas era casi una certeza. Me declaro partidario de la
tesis de Mayr; y también creo que la búsqueda de las inteligencias
extraterrestres (SETI) debe hacerse. ¿Mis argumentos? Sospecho que, para que
pueda existir vida pluricelular, se necesita un clima relativamente estable
durante largos períodos de tiempo, y para eso es indispensable un gran satélite
que estabilice la rotación del planeta; quizá la génesis de un planeta
terrestre con un satélite como la Luna sea sumamente improbable. Además,
nuestra biosfera muestra que resulta más difícil que una bacteria evolucione a
un ser pluricelular (tardó miles de millones de años) que las moléculas se
conviertan en bacterias (necesitaron unos cientos de millones de años). Y
aunque se produjera vida multicelular; los dinosaurios vivieron cientos de
millones de años sin manifestar el menor atisbo de conciencia: sin la
catástrofe que los extinguió hace sesenta y cinco millones de años,
probablemente no existiría inteligencia; la aparición de vida consciente –mal
que nos pese- es un fenómeno aleatorio, que podría no haber ocurrido. Y si ya
fue difícil que el azar acertase una vez, produciendo seres inteligentes,
considero muy improbable que la suerte se repita.
Como
la inteligencia tardó cuatro mil quinientos millones de años en aparecer en la
Tierra, cabe pensar que en planetas más viejos (la edad del universo es trece
mil setecientos millones de años) podría haberse producido hace tiempo: lo
considero improbable, sospecho que nuestra galaxia no fue habitable hasta, poco
más o menos, la época en que nació la Tierra.
Retomo
el hilo del discurso, ¿habrá vida inteligente en otro planeta de nuestra
galaxia? Admito la posibilidad, pero lo considero improbable; oso pensar que
somos la primera vida inteligente que ha surgido en la Vía Láctea. ¡Alguna
tenía que serlo!
sábado, 10 de noviembre de 2007
¿El universo es infinito?
A muchos científicos aficionados les
gustaría que el universo fuese finito, después de todo, las cantidades finitas
se comprenden mejor; hasta hace pocos años la mayoría de los astrofísicos
hubiese asegurado que tales gustos coincidían con la realidad. Me baso en tres
datos para discrepar de esa hipótesis y asegurar que es más probable que el
universo sea infinito. El primer argumento se refiere a la cantidad de materia
que hay en el universo; se ha medido con relativa exactitud y el resultado nos
informa de que la densidad del universo tiene un valor próximo a la tercera
parte de su densidad crítica. ¿Qué significa eso? Que en el universo no existe
materia suficiente como para que la fuerza de atracción gravitatoria obligue a
comprimir a las galaxias, que en estos momentos se expanden. La radiación
cósmica de fondo –las microondas que bañan todo el universo- me proporciona el
segundo argumento; mediciones más precisas demuestran que el espacio es plano
y, por lo tanto, infinito. El tercer argumento se fundamenta en las
observaciones de las velocidades y distancias de las supernovas, las
gigantescas explosiones que anuncian el fin de una gran estrella; medidas
recientes nos muestran que la velocidad de expansión del universo no es inmutable,
como creyeron los astrónomos hace años, sino acelerada. Y esto indica que hay
una gravedad repulsiva (constante cosmológica, es su nombre técnico) que repele
a las galaxias, y las obliga a alejarse una de otra cada vez más deprisa, lo
que impide una posible implosión futura del universo. Debo declarar que estas
deducciones sólo son válidas si el modelo del Big-Bang describe razonablemente
bien el universo y si el universo presenta una geometría sencilla; en caso contrario
con humildad reconozco que ignoramos si el cosmos es finito o no.
No tendría nada más que añadir si sólo
me fijara en la geometría, pero los matemáticos -avezados aguafiestas-
pronostican graves contratiempos si no tenemos en cuenta la topología. ¿Habrá
unos o varios caminos para ir de un lugar a otro del espacio? Las observaciones
parecen indicar que sólo uno; en cualquier caso, escribir sobre una ciencia
incapaz de distinguir entre una taza y una rosquilla o entre un triángulo y un
círculo se me antoja un asunto muy complicado para tratar en este momento.
sábado, 3 de noviembre de 2007
¿Un virus es un ser vivo?
¿Los virus están constituidos por
grandes moléculas cuyo esqueleto lo forman átomos de carbono? Si. ¿Se
reproducen? Sí. Entonces, opinan algunos científicos, se trata de seres vivos.
Si añadimos que la viruela, la varicela, el herpes, la hepatitis, la rubeola,
la fiebre amarilla, la faringitis, el sida, el sarampión, la gripe, la rabia y
la poliomielitis se deben a infecciones por virus, no hacemos más que ratificar
tal opinión. Sin embargo, mantengo la tesis que los virus no son seres vivos.
¿En qué argumentos me baso para sostener tal aseveración?, quizá se pregunte el
inquieto lector. Comienzo por el más fácil: que enfermedades letales se deban a
la infección por virus, nada significa: el agente causal de la encefalopatía
espongiforme, vulgarmente llamada enfermedad de las vacas locas, es un prión y
nadie sostiene que los priones, unas proteínas, sean seres vivos. Tampoco nadie
considera viva a una molécula de ADN o ARN –por muy grande que parezca-. ¿Cuál
es, entonces, la diferencia? Un virus sencillo consta de unas pocas moléculas
de proteínas y una molécula de ácido nucleico; y si ninguno de sus escasos
componentes tiene vida, no encuentro razones para pensar que su unión pueda
tenerla. Otro argumento: los virus se pueden cristalizar, como cualquier
mineral; y los cristales de un virus no se diferencian mucho, excepto en el
tamaño de sus partículas componentes, de los cristales de sustancias químicas inertes.
Pero el argumento principal de mi tesis se refiere a que un virus carece de
metabolismo; en otras palabras, que no constituye un sistema separado del ambiente
con el que intercambia materia y energía, que usa para vivir y reproducirse. Todos
los seres vivos –no los virus- crean y mantienen sus ordenadas estructuras a
expensas de la energía de alta calidad que obtienen de su entorno, al cual
devuelven energía menos útil. Y la existencia del metabolismo requiere una
complejidad sin precedentes: tanta que una sola bacteria contiene billones de
moléculas de hasta cinco mil clases diferentes interaccionando entre sí.
En
resumen, ¿los virus tienen algunas características de un ser vivo? Sí, se
reproducen y sus componentes son moléculas orgánicas. ¿Reúnen todas las
facultades para ser considerado vivo? No, carecen de metabolismo, dicho con
otras palabras, les falta complejidad. En conclusión, considero que las
versátiles bacterias (o las arqueas) y no los virus, son los seres vivos más pequeños que
existen.
sábado, 27 de octubre de 2007
¡El vacío se descompone!
Si alguien nos preguntara qué es el
vacío, hasta el lector más ignorante en cuestiones científicas sabría
responder. Una región del espacio está vacía si nada hay en ella, así de
sencillo. Lamentablemente, los físicos –auténticos aguafiestas- aseguran que se
trata de un asunto bastante más complejo del que suponemos. Nos dicen que en el
espacio vacío suceden fenómenos tan extraños como la aparición espontánea de un
par de partículas de la nada; un electrón y un positrón, por ejemplo. Arguyen –con
toda seriedad- que el espacio vacío fluctúa. ¿Fluctúa? Fluctuará la bolsa, el
tiempo meteorológico, el número de accidentes semanales de tráfico, pero el
vacío ¿cómo va a fluctuar la nada? Dejemos a un lado nuestro querido sentido
común y sigamos con el relato científico: las partículas creadas espontáneamente
de la nada de esta inusitada manera tienen una existencia efímera, pues se
aniquilan casi en cuanto aparecen (¡menos mal!), y, además, no pueden
detectarse. Los físicos, siempre ingeniosos, las llaman partículas virtuales,
para distinguirlas de las partículas reales que sí pueden observar con sus
instrumentos.
Si el escéptico lector se ha sorprendido
con el discurso anterior siga leyendo, porque el pasmo le alcanzará todavía
cotas más altas. Los físicos no sólo pronostican que aparecen espontáneamente
partículas de la nada, sino también que el vacío puede desintegrarse. ¿Hemos
leído bien? Sí, la nada, a veces, se desintegra. Y no se trata de un fenómeno exotérico,
sólo debemos crear un campo eléctrico lo suficientemente intenso, lo que
equivale a -simplificando un poco- concentrar mucha electricidad en un lugar
minúsculo. Hagamos un experimento mental: introduzcamos, en una región del
espacio previamente vacía, dos núcleos de uranio previamente fusionados (de
esta manera, conseguimos almacenar una enorme cantidad de electricidad en un
reducido espacio), y observemos qué ocurre; matizo que, aunque los físicos
experimentales saben que un núcleo tan grande no es estable, esperan construir uno
durante un tiempo lo suficiente grande como para determinar los extraños fenómenos
que ocurren. En las proximidades del núcleo, donde nada había, aparecerá espontáneamente
un electrón (que se ligará al núcleo) y un antielectrón que, repelido, podrá
detectarse. En otras palabras, el vacío se habría vuelto inestable y se habría desintegrado
en una partícula y una antipartícula. ¡Increíble! ¡El vacío que nada contiene
se descompone! ¡Vivir para ver!
sábado, 20 de octubre de 2007
¿Existe vida extraterrestre en el sistema solar?
El
lector inteligente no debe confundir la vida extraterrestre con la vida
inteligente extraterrestre. ¡Fíjese bien! Entre unas bacterias y unos seres
inteligentes hay una distancia de miles de millones de años de evolución. Unos
datos nos pueden ayudar a comprender la diferencia. La Tierra tardó un poco menos
de mil millones de años en formar bacterias; las bacterias requieren algo más
de dos mil millones de años de evolución para convertirse en seres
pluricelulares; los primeros animales necesitan alrededor de setecientos
millones de años para convertirse en seres inteligentes.
Fijémonos en nuestro sistema solar. Las
observaciones que nos han enviado los vehículos espaciales que lo exploran nos
permiten asegurar que no existe ninguna inteligencia extraterrestre en él. Sin
embargo, no podemos negar la posibilidad de la existencia de bacterias, aunque
no las hemos encontrado... todavía. Los biólogos creen que el agua líquida, la
materia orgánica y la energía son requisitos esenciales para la existencia de
la vida; se comprende entonces la ilusión de los científicos cuando encuentran
astros en los que existe –o pudo haber existido- agua líquida. Desde que en
nuestro planeta hubo unas condiciones ambientales que permitieron el desarrollo
de las bacterias, éstas apenas tardaron unos cien (o pocos cientos) millones de
años en aparecer; deducimos que, si existen las condiciones ambientales adecuadas,
debe ser relativamente fácil que se origine la vida, lo que nos lleva a colegir
que es posible que en otros lugares del sistema solar pudieron haberse formado
bacterias en el pasado: en Venus, antes de que el efecto invernadero lo
volviese inhabitable, o en Marte, por cuya superficie corrió el agua líquida. Y
no es descabellado que puedan vivir bacterias en el hipotético océano que
suponemos existe bajo el hielo de Europa -el satélite de Júpiter-, después de
todo existe vida en ambientes terrestres similares: en las chimeneas volcánicas
que se encuentran en las profundidades de los océanos o en el antártico lago
Vostok. Aunque también se ha hallado agua líquida bajo la superficie de Calisto
-otra luna de Júpiter- consideramos improbable que existan bacterias allí,
porque no hay energía útil, otro de los requisitos imprescindibles.
Como bien puede imaginar el lector
fantasioso, el futuro de la investigación sobre la vida extraterrestre se
muestra apasionante.
sábado, 13 de octubre de 2007
¿Es eterna la materia?
Los físicos tienen pruebas fiables
de que el universo tuvo un origen hace trece mil ochocientos millones de años.
Saben que los átomos que componen nuestros cuerpos se formaron en estrellas desaparecidas,
y también que los protones, neutrones y electrones que constituyen los átomos,
se forjaron en el primer segundo de existencia del cosmos. Conocen, pues, el
origen del universo en el que habitamos y el origen de la materia de la que
estamos hechos. ¿Tienen los mismos conocimientos sobre el final? Durante el
último decenio han averiguado que el universo no tendrá fin, se irá haciendo
cada vez más grande. ¿Qué sucederá con la materia? El descubrimiento de la
radiactividad por Antoine Becquerel, en 1896, rebatió la creencia de que los
átomos eran permanentes e inmutables, más bien al contrario, algunos se descomponen
espontáneamente; unos en segundos, otros en miles de millones de años. ¿Qué le sucede entonces a los componentes de los átomos? Los
neutrones aislados se desintegran en quince minutos escasos, los electrones
no se descomponen, ¿y los protones? ¿Se desintegran los protones? Los físicos
lo ignoran. Tienen que ser muy estables –arguyen-, porque si no lo fuesen,
nuestro cuerpo emitiría radiactividad, lo que, evidentemente, no sucede. La
ausencia de radiactividad nos informa que la vida media del protón, medida en
años, excede a un número entero de diecisiete cifras. El cuerpo humano contiene,
aproximadamente, un número entero de veintinueve cifras de protones; si la vida
del protón durase menos de un número entero de diecisiete cifras de años,
ocurrirían unas treinta mil desintegraciones por segundo: la cantidad de radiactividad
que emitirían los protones de nuestro organismo resultaría peligrosa para la salud.
Como
indica el cálculo anterior, podría establecerse un límite más riguroso para la duración del protón si utilizásemos un objeto que contuviese más protones que
nuestro cuerpo y empleáramos un detector mejor que nuestra salud. Los físicos
lo han intentado: han tratado de medir la vida media de los protones que
hay en enormes piscinas subterráneas llenas de agua, y no lo han conseguido. En
estos momentos, únicamente pueden afirmar que la cantidad de años que vive un
protón supera a un número entero de treinta y cinco cifras; se trata de un número
tan desmesuradamente gigantesco que excede en más de un trillón a los años que
miden la edad del universo.
Eso es
todo lo que saben por ahora; a los físicos les parece poco: continúan
trabajando.
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