sábado, 12 de noviembre de 2016

Disonancia cognoscitiva


Tal vez los humanos no seamos muy racionales, pero tratamos de ser muy coherentes. Cierto, a menudo no nos molestamos en pensar lo que hacemos, pero sí nos preocupa justificar ante los demás y ante nosotros mismos lo que hemos hecho. Una vez tomada una decisión, ya sea en una compra o en una elección moral o política, nos cuesta reconocer que quizá nos hayamos equivocado (sostenella y no enmendalla decían los caballeros antaño y repiten los soberbios ogaño); defendemos nuestra decisión no tanto porque creamos que haya sido la mejor opción, sino porque así nos demostramos a nosotros mismos que somos personas coherentes, nos convencemos que somos sabios y hemos elegido bien. En fin, tratamos a toda costa de quedar bien con nuestros semejantes y de ser capaces de dormir con la conciencia tranquila. Los psicólogos han estudiado este rasgo humano.
En 1957 Leon Festinger introdujo la teoría de disonancia cognoscitiva para explicar las reacciones ante la inconsistencia entre las actitudes y las creencias. Los individuos nos esforzamos por ser consistentes: normalmente no mantenemos actitudes incompatibles (o disonantes), ni nos comportamos en contradicción con nuestras creencias. Más aún, los psicólogos suponen que las personas evitan activamente situaciones sociales o informaciones que probablemente les produzcan disonancia; y cuando existe inconsistencia, la teoría señala que el incómodo estado psicológico incita al individuo a reducirla. “La zorra y las uvas”, fábula VI del libro cuarto de las Fábulas de Félix María Samaniego, ilustra la teoría. Leámosla:
Es voz común que, a más de mediodía,
en ayunas la zorra iba cazando:
halla una parra; quédase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.
Causábala mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.
Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vio el imposible ya de fijo.
Entonces fue cuando la zorra dijo:
-No las quiero comer. No están maduras.
No por eso te muestres impaciente,
si se te frustra, Fabio, algún intento:
aplica bien el cuento,
y di: no están maduras, frescamente.   
¿Ha entendido el sabio lector cómo resuelve el problema la zorra? Eso es disonancia cognoscitiva, un mecanismo que está detrás de algunas catástrofes militares y de decisiones empresariales que eluden sistemáticamente cualquier información que contradiga su enfoque de la realidad. El fumador contumaz también padece disonancia: como tiene un hábito que sabe insano, inventará justificaciones inverosímiles o minimizará la información médica para solventar su incómodo estado psicológico.

sábado, 5 de noviembre de 2016

El helio y los isótopos


El profano suele asociar isótopos a radiactividad: se equivoca. Aunque abundan los isótopos radiactivos también hay muchos que no lo son, más aún, los átomos que constituyen nuestro cuerpo, el de los animales y las plantas no son radiactivos. Merece la pena saber qué son los isótopos. Todos los átomos de un elemento químico -como el carbono, el hidrógeno, el oxígeno o el hierro- tienen exactamente la misma corteza y carga nuclear, pero la masa de su núcleo puede ser ligeramente distinta; los expertos llaman isótopos a cada una de los átomos distintos del mismo elemento. En resumen, con la excepción de la masa, los isótopos de un elemento son indistinguibles. Olvidaba reseñar que la mayoría de los elementos químicos tienen más de un isótopo, que se le apellida por el número de partículas que contiene su núcleo: el silicio con el que están hechas las rocas, por ejemplo, es una mezcla de tres isótopos, el silicio veintiocho, el veintinueve y el treinta; el uranio doscientos treinta y el cinco y el uranio doscientos treinta y ocho se asemejan tanto que separarlos, y aprovechar el más ligero como combustible nuclear, requiere esfuerzos heroicos.
Como el sagaz lector ya habrá deducido los isótopos de un mismo elemento tienen siempre las mismas propiedades químicas. ¿Siempre? Hay una excepción. ¡Ya son ganas de fastidiar! El helio tiene dos isótopos estables, el helio cuatro - casi todo el helio de la naturaleza- y el helio tres. Ambos isótopos difieren radicalmente en estado líquido; tanto, que las mezclas líquidas de helio tres con helio cuatro se separan espontáneamente a determinadas temperaturas; resultan inmiscibles, como el aceite y el agua. Sorprende a los físicos el distinto comportamiento de los dos isótopos porque, con una corteza electrónica exactamente igual, la única diferencia entre ellos está en la masa del núcleo, un veinticinco por ciento menos el tres que el cuatro. Todavía queda algo por reseñar, ambos isótopos del helio presentan una característica única: se vuelven superfluidos en estado líquido; ahora bien, mientras que el isótopo cuatro lo hace a doscientos setenta y un grados bajo cero, el isótopo tres necesita una temperatura mil veces menor. Y recuerdo que un superfluido carece de viscosidad: fluye interminablemente sin fricción en un circuito cerrado y es capaz de escaparse sin rozamiento a través de fisuras completamente impenetrables para gases o líquidos normales. Quién lo haya visto en un laboratorio apenas dará crédito a sus ojos.

sábado, 29 de octubre de 2016

Icneumónidos, sorprendentes formas de vida


Aborrezco el cine de terror; conozco las catástrofes que pueden amenazar a la humanidad y las desgracias que pueden afectar a un individuo concreto como para disfrutar con monstruos imaginarios, más aún, considero que tales películas me ensucian la mente. Nunca las veo, ¿nunca? Casi. Me permito excepciones, como “Psicosis” de Alfred Hitchcock o “Alien, el octavo pasajero” de Ridley Scott. Esta última se inspira en los animales parasitoides, un modo de vida intermedio entre un parásito y un depredador: los parasitoides consumen a un animal vivo hasta matarlo. Un icneumónido –semejante a una avispa- pone sus huevos dentro del cuerpo de otro insecto, al que antes paraliza, para que sus crías lo devoren poco a poco. Por suerte, no existen parasitoides de vertebrados; pero abundan entre los insectos -aproximadamente una de cada diez especies son parasitoides-, y casi no hay especie que no pueda ser víctima de alguno. Los parasitoides -la mayoría, avispas- son más específicos que los depredadores y se dispersan en busca de sus presas, a diferencia de los parásitos; razones por las que resultan buenos agentes para el control biológico de las plagas de insectos.

Por si algún lector cree, como Charles Darwin, que “No puedo persuadirme de que un Dios benevolente y omnipotente hubiera creado intencionadamente los icneumónidos con la intención expresa de que se alimentasen de los cuerpos vivos de orugas” recordaré los daños que causan las plagas. Las bandadas de langosta arruinan la agricultura de extensas comarcas; las larvas de escarabajos engullen las raíces de las hortalizas; no hay preciosas mariposas sin voraces orugas devoradoras de hojas; las cochinillas destrozan los frutales; las larvas de los escólitos, las abejas carpinteras y los barrenillos -escarabajos xilófagos- se alimentan de la madera de los árboles de nuestras viviendas, muebles y postes; lo mismo sucede con las termitas, que no sólo comen madera, sino también libros y vestidos; y con la carcoma y las polillas comedoras de lana. Todavía hay más: el escarabajo de la patata, la filoxera de la vid, los pulgones, el gusano de la manzana, la polilla de la harina, la oruga del guisante, el gorgojo de las judías. No me olvido de las pulgas que provocan la peste, ni de los piojos del cabello o de la ingle, ni de las chinches, las moscas y mosquitos, entre ellos el que transmite la malaria. Espero que esta escueta lista haya contribuido a vencer los escrúpulos del bondadoso lector.

sábado, 22 de octubre de 2016

Hielo y glaciares


Los glaciares constituyen magníficos laboratorios donde el estudioso puede aprender geología. La compactación del hielo en los glaciares se parece al metamorfismo de las rocas, porque en ambos procesos se forma un material compacto a partir de uno ligero, cercano al punto de fusión. El flujo del glaciar, permitido por la proximidad del hielo a su punto de fusión, es similar al flujo de las rocas en el manto terrestre, aunque uno sea causado por la convección y el otro por la gravedad. El comportamiento frágil o dúctil de las rocas también se asemeja al hielo: quebradizo cuando experimenta un esfuerzo repentino, plástico bajo un esfuerzo prolongado que no supera el límite de rotura.
La manera en que se compacta la nieve en los glaciares merece una aclaración. El hielo se forma por la transformación paulatina de la nieve (cuya densidad oscila entre el diez y el veinte por ciento del agua líquida) debido a su compactación, pérdida de aire intersticial y formación de cristales. En un glaciar de montaña, el hielo presenta cierta opacidad porque nunca llega a expulsar todo el aire: se trata de hielo blanco (cuya densidad llega al noventa por ciento del agua líquida); pero bajo los casquetes polares el hielo pierde todo su aire intersticial adquiriendo gran transparencia: se forma el hielo azul (cuya densidad alcanza el noventa y dos por ciento del agua líquida).
¿Dónde buscar estos magníficos laboratorios geológicos? Los climatólogos saben que, ateniéndose a la temperatura actual del planeta, la zona de formación de glaciares se sitúa al nivel del mar en las regiones polares y a cinco mil metros de altura en el ecuador. Pero la mayor cantidad de hielo terrestre no se encuentra ni en los glaciares ni en la banquisa, la capa de hielo de pocos metros de espesor que cubre los océanos polares, sino en los casquetes glaciares, las grandes acumulaciones de hielo de hasta cuatro kilómetros de espesor que ocupan la Antártida y Groenlandia. No permanece estático: el hielo del centro fluye –emite lenguas- hacia la periferia, alcanzando una velocidad de varios metros diarios, y su movimiento se asemeja al deslizamiento de la arena en una montaña de arena.
 El glaciar piedemonte más grande de América del Norte se llama Malaspina, en honor a Alejandro Malaspina, jefe de la expedición que allí llegó por primera vez. Pioneros españoles en Alaska y en el año 1791. ¡Quién lo iba a decir!

sábado, 15 de octubre de 2016

Vitamina B12: cinco nóbeles para una molécula


A principios del siglo XX la anemia perniciosa era una enfermedad frecuentemente fatal. George Whipple, George Minot y William Murphy descubrieron que el hígado cocido podía curar a los enfermos, y por tan original terapia compartieron premio Nobel. No acabó ahí la investigación del mal, se necesitaron dos décadas de arduo trabajo para aislar el agente terapéutico cuya deficiencia causaba el fatídico trastorno. La sustancia protagonista, que hoy llamamos vitamina B12, la más compleja de todas las vitaminas, es una molécula orgánica de cerca de doscientos átomos, uno de ellos el cobalto; tan difícil resultaba averiguar su estructura química que se requirió el talento de alguien como Dorothy Crowfoot Hodgkin, que recibiría el Nobel por sus trabajos. También debieron vencerse penosas dificultades para sintetizar compuesto tan complejo: dos extraordinarios químicos, Robert Woodward (que ya había ganado el Nóbel) y Albert Eschenmoser, consiguieron hacerlo.
¿Cómo actúa tan singular vitamina? La B12 interviene como ayudante en reacciones bioquímicas cuyo objetivo consiste en mantener sanas las neuronas y las células sanguíneas; nada más puedo añadir para resaltar la importancia de su función; sí agregaré que su deficiencia causa cansancio, debilidad, constipado, anemia y pérdida de apetito y peso, es posible que también se manifiesten alteraciones neurológicas, como entumecimiento y hormigueo en las manos y pies, depresión, confusión, demencia y mala memoria, y todavía quedan sin mencionar otros síntomas como las perturbaciones de equilibrio y la inflamación de la boca o lengua.
Es muy infrecuente la deficiencia vitamínica porque en el intestino humano las bacterias fabrican suficiente B12 como para satisfacer las necesidades diarias. Sin embargo, la absorción es un proceso complejo que requiere dos pasos, por lo menos: primero, el ácido clorhídrico fabricado por el estómago separa la vitamina de la proteína bacteriana que la acompaña; a continuación, la vitamina debe combinarse con otra proteína también producida por el estómago (el factor intrínseco) para que el intestino pueda absorberla. Si las células que sintetizan el factor intrínseco están dañadas (por autoinmunidad, quizá) no podrá absorberse la vitamina y aparecerá la anemia; no es la única manera de padecer hipovitaminosis: muchos mayores carecen de suficiente ácido clorhídrico para absorberla. En cualquier caso, ¿dónde puede obtenerse? La vitamina B12, ausente en los vegetales, se encuentra en los alimentos de origen animal como el pescado, la carne, huevos y leche. ¡Bueno es saberlo!