No
me cabe duda que, en estos tiempos, un químico debe aprender a cocinar; no sólo
para aprovechar las cualidades gastronómicas de los diferentes alimentos o
minimizar los aditivos que contienen, sino también para beneficiarse de sus
propiedades farmacológicas. Mientras degustaba pimientos, un exquisito vegetal
importado de América, también ilustraba a los comensales sobre ellos: además de
contener el imprescindible magnesio poseen más vitamina C que las naranjas -al
menos los rojos-. Como planta perteneciente a la familia de las solanáceas –continuaba
con mi disertación- tienen pequeñas cantidades de alcaloides;
uno de ellos, la capsaicina, determina el característico sabor picante. Por cierto, aclararé que las plantas del género Capsicum, que en
España llamamos pimientos o guindillas y en América chile o ají, nada tienen
que ver con la pimienta (Piper nigrum), si se exceptúa su picor. La capsaicina –decía-.
por la sensación de ardor que provoca se utiliza para que los alimentos se
vuelvan picantes. Tal vez al curioso lector le interese saber que las papilas
gustativas, los receptores del gusto, no intervienen en la detección del
picante. ¿Quién, entonces? Los nociceptores, los mismos detectores del dolor que
nos informan de algún desperfecto corporal, captan el picor; en concreto,
notamos la sensación picante cuando alguna sustancia activa los nociceptores
que normalmente nos avisan de que algo está muy caliente para ser ingerido.
Los
bioquímicos han comprobado que la capsaicina tienen unas propiedades químicas insospechadas:
es antioxidante; anticancerígena, pues induce la apoptosis –el suicidio- de las
células cancerosas; también es apta para el tratamiento de lumbalgias y para el
alivio de algunos dolores neuropáticos. Su eficacia analgésica se debe a que
estimula a las neuronas que producen sustancia P –el neurotransmisor de las
neuronas que conducen la sensación dolorosa-; una activación ininterrumpida de
los detectores del dolor conduce a una desensibilización de los mismos y, por
tanto, al efecto contrario, la analgesia. Los granjeros de África y de la India
han descubierto una original defensa contra los grandes destrozos que provocan los
elefantes en los cultivos: untan las vallas con chiles y el olor irritante ahuyenta
a los enormes mamíferos. Tampoco se desdeña el uso de la capsaicina para
repeler animales más pequeños, los violadores, por ejemplo: como arma de
defensa personal, las mujeres pueden utilizar un aerosol de pimienta contra
ellos. ¡Se lo merecen!… aunque debo recordar que en algunos países está
prohibido su empleo.