La
carrera del lagarto basilisco sobre la superficie del agua es un espectáculo
que merece la pena contemplarse… si uno viaja a América. Menos espectacular,
pero igual de interesante resulta observar el movimiento de los zapateros sobre
la superficie de un río. La habilidad de estos insectos se explica recurriendo
a la tensión superficial, una propiedad de los líquidos que los induce a
comportarse como si su superficie fuera una lámina elástica; significa esta
afirmación que los líquidos, debido a las fuerzas de cohesión entre sus moléculas,
se resisten a aumentar su superficie; dicho con otras palabras, los insectos caminan
con sus largas patas sin hundirse debido a que su pequeño peso no supera la
fuerza requerida para penetrar en la superficie del agua.
Además
de permitir el modo de vida de los zapateros, la tensión superficial es
responsable de la forma esférica de las gotas de lluvia (la esfera es el cuerpo
sólido que, para un volumen determinado, tiene la menor superficie posible), de
las burbujas de jabón y de la elevación del agua por los capilares. Y no sólo
eso, la limpieza también depende de esta magnitud. El agua caliente limpia
mejor que la fría, porque aquélla tiene menor tensión superficial que ésta, lo
que le permite penetrar con más facilidad en los poros y fisuras de los objetos
que se lavan; con otras palabras, es mejor agente de mojado, igual que los
detergentes y jabones, que bajan aún más la tensión superficial. No para aquí
las consecuencias de la manipulación de esta magnitud, las disoluciones de baja
tensión superficial (casi dividen por dos la del agua) pueden actuar como desinfectantes
porque, al aumentar la capacidad del agua para atravesar la pared bacteriana,
penetran en su interior e impiden su crecimiento. Todavía me queda por recordar
que la impermeabilidad de las lonas de los toldos se debe a la tensión
superficial: el agua llena los poros del tejido formando una única superficie,
pero si se toca la lona con la mano, se rompe la superficie, el agua atraviesa entonces
el tejido comenzando el goteo.
Una
vez apagado el ordenador, si el virtuoso lector quiere experimentar el
fenómeno, llene de agua un vaso, tome una aguja, un alfiler o un clip y
deposítelo con cuidado sobre la superficie del líquido, verá que no se hunde;
incluso, si es mañoso, podrá aumentar el número de objetos flotantes. ¿Hasta cuántos?
Pruébelo.