sábado, 19 de junio de 2010

El inquietante experimento de Stanley Milgram


En el año 2010, los franceses pudieron ver un documental desazonador: los participantes de un concurso de preguntas y respuestas torturaban a sus rivales. Luces intensas, audiencia bulliciosa, locuaz presentadora y varios participantes; "El juego de la muerte", un programa, producido por Christophe Nick, mostraba a unos concursantes –voluntarios- aplicar lo que creen que son descargas eléctricas a sus rivales que, en realidad, son actores. Ante cada respuesta errónea, la presentadora, jaleada por la audiencia, animaba a los participantes a sancionar a sus competidores. Las penas, descargas eléctricas, iban en aumento desde ochenta hasta cuatrocientos sesenta voltios; y el supuesto electrocutado gemía, pedía clemencia y, finalmente, parecía desvanecerse. El ochenta por ciento de los concursantes (sólo dieciséis de ochenta se negaron a proseguir) llegaron al límite del castigo. Tranquilícese el desazonado lector, afortunadamente, el castigo era ficticio… aunque el ejecutor no lo sabía.
El documental se basó en el famoso experimento efectuado por el psicólogo Stanley Milgram, en la Universidad de Yale. Descrito en un artículo publicado en 1963, el experimento consta de tres personas; un maestro que hace preguntas, un alumno que contesta y un investigador. Se estudia el comportamiento del participante (maestro), que aprueba o sanciona las respuestas, y no sabe que el alumno y el investigador son actores contratados. La sanción consiste en descargas eléctricas (aumenta el voltaje a medida que aumenta el número de respuestas erradas) que el maestro cree que administra al alumno, quien simula recibirlas.
Antes del experimento, Milgram estimó, mediante una encuesta, los posibles resultados: el promedio de descarga ciento treinta voltios, la obediencia al investigador nula, y todos los entrevistados creyeron que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo. Los psicólogos quedaron desconcertados cuando comprobaron que el sesenta y cinco por ciento de los sujetos que participaron como maestros administraron a sus alumnos el voltaje máximo de cuatrocientos cincuenta voltios. El investigador persuadía al participante para que administrase el doloroso castigo, a pesar de los gritos, quejas y súplicas del actor, incluso viendo que, con trescientos voltios, el alumno parecía desvanecerse. Otros psicólogos de todo el mundo repitieron la prueba con resultados similares. En palabras del psicólogo norteamericano: “La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.
Inconformista lector, dos de cada tres personas pueden ser persuadidas por una autoridad para cometer actos moralmente reprobables, ¿serías tú uno de ellos? ¿No? ¿Seguro?

sábado, 12 de junio de 2010

Islas volcánicas, viajeras impenitentes


Las islas pretéritas vivieron en el mar tenebroso, y se las creyeron habitadas de seres fantásticos. Entre ellas vagaba aquella fabulosa isla errante de San Balandrán, la del santo irlandés que allá, entre los hielos del Polo, encontró a Judas, el traidor, que, cada año, salía del infierno el día de Navidad para ir a refrescarse: era el pago de un acto de caridad que una vez tuvo, abrigando a un leproso con su capa. Una isla viajera, ¡qué bella ficción poética! ¿Ficción? Continúe leyendo y comprobará cómo la realidad supera a la ficción.
Desde las profundidades de la Tierra, cerca del límite con el núcleo, delgadas columnas de rocas calientes –plumas del manto- suben lentamente hacia la superficie; en su avance empujan la corteza, crean abombamientos, forman volcanes y desencadenan terremotos. Estas corrientes ascendentes -puntos calientes- se distribuyen bajo los continentes y también en los fondos oceánicos, lo mismo en el centro de las placas que en las regiones que las separan. Los geólogos han averiguado que, sobre las plumas del manto, relativamente estacionarias, se mueven lentamente (apenas unos centímetros cada año) las placas, los fragmentos en que está dividida la corteza, unidades más grandes que los continentes, que las islas… incluso que la fabulosa isla de San Balandrán. No deberá sorprendernos – entonces- que un inmóvil punto caliente vaya agujereando la placa que se desliza sobre él; esos agujeros, por donde sale el magma a la superficie y se acumula, constituyen las islas volcánicas y los volcanes. Una cadena de islas volcánicas y montes submarinos que se alzan sobre el fondo oceánico representa, para el geólogo, la trayectoria de la placa oceánica sobre el punto caliente. ¡Ni más ni menos! Por cierto, si el ascenso de las plumas se suspendiera, el movimiento de las placas se detendría: porque las plumas canalizan el calor del interior manto hacia la superficie.
No crea el suspicaz lector que se trata de una abstracta teoría más o menos acertada. Podemos observar el fenómeno en el Pacífico: tres grupos de islas volcánicas en el centro de la placa se encuentran casi paralelas, las islas Hawai-cordillera submarina Emperador, el archipiélago Tuamotu-islas Line y la cadena formada por las islas Austral, Gilbert y Marshall: el movimiento de la placa del Pacífico sobre tres puntos calientes podría haberlas formado.

sábado, 5 de junio de 2010

Neuronas espejo


A comienzos de los años noventa, un equipo de científicos, encabezado por Giacomo Rizzolatti, hizo uno de los más importantes descubrimientos de la neurología contemporánea. Los investigadores medían la respuesta de unas áreas motoras del cerebro de un mono, concretamente, se fijaban en el momento que el animal agarra una fruta: el experimento transcurría monótono hasta que alguien detectó una anormalidad. El mono veía a uno de los investigadores asir la fruta, pero su cerebro respondía como si el propio animal la cogiese: los asombrados científicos estaban observando que se activaban las mismas células cerebrales, tanto si el mono tomaba la fruta como si veía a otro individuo hacerlo. ¡Increíble! Habían descubierto unas neuronas que reflejan las acciones realizadas por otro individuo: no pensaron mucho el nombre, las llamaron neuronas espejo.
En el siglo XX, los neurólogos consideraban que, para conocer las intenciones de un individuo, intervenía un razonamiento complicado: se procesaba la información de los sentidos, se comparaba con experiencias similares y el resultado nos permitía prever la intención del otro. La facilidad con la que solemos comprender acciones simples sugiere un mecanismo más sencillo: el cerebro humano, como el del mono, cuenta con neuronas que se activan cuando un individuo realiza ciertos actos y, también, cuando observa que otros ejecutan las mismas acciones. Las neuronas espejo aportan una experiencia interna directa que permite comprender los actos e intenciones de otra persona; porque tanto el sujeto activo como el observador pasivo experimentan, cada uno en su cerebro, la misma acción.
El descubrimiento ha abierto inesperados caminos en la neurología: las neuronas espejo nos facultan para comprender las emociones ajenas; y de ello colegimos que sus anomalías podrían intervenir en los defectos de empatía, o en quienes, como los autistas, son incapaces de reflejar emociones. No sólo eso, las neuronas espejo podrían sustentar la capacidad para imitar acciones y, por tanto, intervenir en el aprendizaje de nuevas destrezas. Además, estas neuronas se hallan en el principal centro cortical del lenguaje; y, si es verdad que la comunicación humana empezó con gestos de la cara y manos, las neuronas espejo habrían desempeñado un papel principal en su evolución; de hecho resuelven un problema: el mensaje tendría el mismo significado para el emisor y el receptor, por lo que resulta innecesario un acuerdo previo para entenderse; un espejo interior quizá sea lo que necesitan dos personas para comunicarse sin palabras.
Terminada esta lectura, espero que el lector inteligente comprenda por qué auguro que Giacomo Rizzolatti recibirá el Nobel.

sábado, 29 de mayo de 2010

Inimaginable inundación en el Mediterráneo


La Comisión Internacional para la Exploración Científica del Mediterráneo contabilizó unas quinientas especies procedentes de hábitats tropicales que están colonizando el Mare Nostrum; la sobreexplotación pesquera, la degradación ecológica y el cambio climático son algunas de las causas por las que algas, peces, crustáceos y moluscos exóticos invaden el Mediterráneo y amenazan las especies autóctonas. La mayoría salieron del Mar Rojo y cruzaron el Canal de Suez, unos pocos llegaron por Gibraltar, el estrechísimo canal de catorce kilómetros que une el Mediterráneo con el resto de los océanos. Leía estos datos y meditaba sobre los cambios que se producen continuamente en nuestro planeta; uno de los más relevantes consistió en la desaparición de un mar. ¿Un mar? ¡Ni más ni menos!
A finales del siglo XX, los geólogos iniciaron un estudio del subsuelo del estrecho de Gibraltar. ¿Su objetivo? La construcción del túnel que unirá África a Europa. Sus resultados sumieron a los científicos en estupor: habían hallado un gran canal, un surco de varios cientos de metros de profundidad, relleno de sedimentos, en el estrecho. ¿Qué había sucedió en el pasado? ¿Quién lo había provocado? Daniel García-Castellanos y un grupo de científicos hallaron la respuesta. Hace unos cinco millones de años y medio un levantamiento tectónico elevó el estrecho: el mar Mediterráneo quedó aislado de los océanos y se desecó casi por completo; un homínido que viajara por la región apenas hallaría unos pocos lagos salinos situados en las partes más profundas. Trescientos cincuenta mil años después, -y como consecuencia del hundimiento tectónico de Gibraltar-, las aguas del Atlántico volvieron circular de nuevo a través del estrecho. El desnivel entre el océano y la cuenca seca del mar, de unos mil metros, desencadenó la mayor inundación terrestre que se conoce. Las aguas, al penetrar abruptamente en el Mediterráneo, erosionaron lo que ahora es el fondo marino y, como consecuencia, formaron un canal, que atraviesa el estrecho, de magnitud insospechada: medio kilómetro de profundidad, hasta ocho de anchura, y una extensión aproximada de doscientos kilómetros. La inundación que llenó el Mediterráneo fue muy corta: dos años, a un increíble ritmo de diez metros diarios de subida del nivel del mar. Más que una enorme cascada, el descenso del agua desde el Atlántico hasta el Mar de Alborán, debió consistir en un gigantesco rabión –con un caudal mil veces superior al del río Amazonas- circulando a cientos de kilómetros por hora. ¡Qué espectáculo! ¡Qué pena no estar allí para verlo!

sábado, 22 de mayo de 2010

Aflatoxinas, venenos insospechados


El lector entendido en gastronomía sabe que con distintas variedades de hongos (las levaduras y los mohos) se obtienen los quesos, el pan o los vinos; el micólogo aficionado distingue las setas (otra clase de hongos) que va a degustar; uno y otro se previenen de las setas venenosas, pero probablemente ambos ignoren que las levaduras y los mohos pueden ser igual de letales.

Los hongos son organismos que se alimentan de materia orgánica muerta, concretamente, de restos de plantas y animales; ellos y las bacterias son los agentes descomponedores por excelencia. Los mohos, si bien no causan la putrefacción de los alimentos como lo hacen algunas bacterias, alteran sus características organolépticas y los inhabilitan para el consumo. No se creía que fueran muy peligrosos hasta los años sesenta del siglo pasado, cuando en Inglaterra murió un gran número de aves de corral. Los investigadores habían comprobado que el maní, empleado como alimento de las aves, contenía un veneno producido por el hongo Aspergillus flavus. Por primera vez se había identificado unas toxinas, producidas por hongos, que enfermaban tanto a los animales como a los humanos. En la actualidad, sabemos que los hongos productores de toxinas (diferentes de las toxinas bacterianas) están ampliamente difundidos, y también que son contaminantes frecuentes de los alimentos. ¿Es peligrosa su ingestión? Un dato para valorar el riesgo: la exposición humana a altas concentraciones de aflatoxinas produce necrosis, cirrosis y cáncer de hígado, con hemorragia, edema y alteraciones en la digestión.

Varias especies de hongos Aspergillus, encontrados habitualmente en los cultivos, producen las peligrosas aflatoxinas cuando, durante la cosecha, están en un ambiente muy húmedo y cálido por largo tiempo. ¿Hay motivo para preocuparse? La mayoría de los productos agrícolas pueden ser invadidos por mohos productores de aflatoxinas durante alguna de las etapas de su producción, transporte y almacenamiento; y los cultivos más afectados son los cereales (maíz, arroz, trigo), las oleaginosas (olivo, soja, girasol), las especias (pimienta, jengibre), y las semillas de algunos árboles (almendras, nueces, cocos). Estimado lector, un par de observaciones más que, espero, no te alarmen. La presencia de mohos en un alimento no indica la presencia de aflatoxinas, sino el riesgo. Por otra parte, la ausencia de hongos no garantiza que un alimento esté libre de aflatoxinas, pues éstas persisten aún cuando el hongo haya desaparecido, o incluso pueden hallarse en la leche de los animales alimentados con pasto contaminado. Querido amigo, no es oro todo lo que reluce.