sábado, 10 de abril de 2010

Líquenes, ventajas de la solidaridad


En el año 2005, científicos de la Agencia Europea del Espacio comprobaron que unos líquenes antárticos habían sobrevivido en el espacio exterior, sin protección. ¿Qué características tienen estos ubicuos seres vivos para conseguir tal hazaña? Un liquen es el resultado de la asociación de un hongo y un alga (o una cianobacteria), ni más ni menos. El hongo se beneficia del agrupamiento porque toma parte de los nutrientes –los carbohidratos- que el alga sintetiza; y el alga, por su parte, consigue –gracias al hongo- aumentar su capacidad de absorción de agua y protegerse de la desecación. Las facultades conjuntas de ambos asociados confieren al liquen unas características únicas: pueden vivir en parajes donde, debido a un clima extremo, morirían sus componentes aislados; en definitiva, son excepcionalmente resistentes a las condiciones ambientales adversas; tan grande es su capacidad de supervivencia que las diversas especies prosperan en prácticamente todos los ecosistemas terrestres, incluso en medios extremadamente hostiles para la vida, como las zonas polares, los desiertos… o fuera de la Tierra: en el año 2007, unos líquenes españoles sobrevivieron, durante unos días, a las extremas condiciones del espacio exterior.

Los hongos que constituyen estos singulares seres vivos no se comportan de la misma forma si se hallan solos que acompañados; los biólogos todavía ignoran la función que desempeñan las sustancias liquénicas, unos productos que sintetiza el hongo únicamente si acompaña al alga; quizá proporcionen protección contra los patógenos (pues presentan capacidad antibacteriana y antifúngica), tal vez disuadan a los herbívoros de que los coman, acaso intervengan en la absorción del agua, o aumenten la permeabilidad de las algas permitiendo el intercambio de sustancias. Sí saben los bioquímicos, que algunas sustancias liquénicas son desechos de la actividad celular cotidiana y protectoras de contaminantes, de la radiación ultravioleta e incluso de la radioactividad.

Debo añadir que los líquenes también pueden servir a los habitantes de las ciudades como indicador de la calidad del aire que respiran. ¿Por qué, preguntará algún curioso lector? Debido a su susceptibilidad -su propagación se reduce- ante el dióxido de azufre, el principal responsable de la lluvia ácida. Y no se trata de un invento nuevo, los mineros, hasta finales del siglo pasado, llevaban un canario al tajo para avisarles de la contaminación del aire ambiental: si el pájaro moría entendían que había aumentado la concentración de metano o monóxido de carbono tóxicos y había que evacuar.

sábado, 3 de abril de 2010

Desorden cósmico: entropía y gravedad


Los físicos han observado que, espontáneamente, el calor fluye siempre del cuerpo caliente al frío, que un gas introducido en un rincón de un recipiente se expande hasta ocuparlo todo: en resumen, que en cualquier cambio espontáneo del universo siempre sucede que el desorden sigue al orden; nunca sucede el fenómeno inverso. Los científicos lo han comprobado tantas veces que lo han convertido en ley. Resulta lógico; al lanzar un trillón de monedas al aire es prácticamente imposible que todas caigan de cara, el resultado -arguyen los físicos- será desordenado. Aunque adivinamos la dificultad de algún adolescente que, ante su caótica habitación, quiera explicar esta ley a sus padres, su enunciado no deja la menor duda: las leyes de la probabilidad –técnicamente diríamos de la entropía- exigen que el universo evolucione siempre hacia el desorden.
Pero si la ley es cierta, y nada nos permite dudarlo, aparece una contradicción en la física: según la teoría del Big-Bang el universo primitivo comenzó en el estado más simple –y desordenado- posible, ¿cómo pudo, entonces, evolucionar a un estado más complejo -y ordenado- donde existan las estrellas y planetas? El conflicto se resolvió hace poco; la dificultad consiste en darse cuenta que las leyes de probabilidad sólo son válidas si no existen perturbaciones, pero es imposible aislar algo de la gravedad.
Aunque los físicos todavía son incapaces de medir el desorden cuando interviene la gravedad, podemos hacer algunos experimentos mentales. Las moléculas de un gas, agrupadas, espontáneamente se desperdigarán; por contraste, si interviene la gravedad, las nubes de gas evolucionarán a estrellas y éstas a agujeros negros. Si la gravedad no influye, un gas comprimido, colocado en un extremo de un recipiente, acabará ocupando todo el volumen a causa del movimiento caótico de sus moléculas: su ordenada disposición inicial se transformará en desorden amorfo; pero si incluimos la gravedad, una simple nube de gas se transformará en complejas estrellas y posteriormente en agujeros negros, aparecerá el desorden complejo. La gravedad logra que un universo primitivo simple y homogéneo posea capacidad para generar complejidad.
Pronostiquemos el futuro, suponiendo cierto que el universo se desordena desde el Big-Bang: si el cosmos se expande para siempre, unas galaxias colapsarán en agujeros negros y otras desaparecerán de la vista; quedará un universo prácticamente vacío, totalmente desordenado, nada ocurrirá en él. ¿No le parece raro al perplejo lector que el espacio vacío tenga tan enorme desorden? ¿Un escritorio vacío puede ser el escritorio más desorganizado? 

sábado, 27 de marzo de 2010

El gluten, nada es gratis


Las semillas caídas en el suelo se convierten en nuevas plantas. ¿Quién fue el primer humano que se percató del hecho? Ignoramos su nombre, pero sabemos que su talento fue extraordinario, porque su genial descubrimiento condujo al nacimiento de la agricultura. Aconteció en el Oriente Medio, hace unos diez mil años; antes, los humanos basábamos nuestra dieta en frutos secos, tubérculos, frutas y, de vez en cuando, carne. La alimentación condicionaba nuestros hábitos: era imposible establecer asentamientos duraderos porque los grupos debían emigrar a donde hubiese comida. Tras descubrir el secreto que albergaban las semillas, los humanos aprendimos a domesticar los cultivos; el trigo, la cebada y el centeno contienen granos nutritivos, fáciles de almacenar y que tienen, por si fuera poco, valor comercial. En pocas generaciones se produciría una revolución de costumbres; por primera vez los humanos podíamos abandonar la vida nómada y levantar ciudades: no es casualidad que las primeras regiones cultivables, las llanuras aluviales del Nilo, Tigris y Éufrates, Indo y Amarillo se convirtieran en las cunas de la civilización.
La humanidad pagó un elevado precio por el progreso: apareció la enfermedad celíaca, un mal que surge al ingerir el gluten -la proteína del trigo- o proteínas similares del centeno y la cebada. Anteriormente estaban ausentes de la dieta; pero al usarse en abundancia comenzaron a matar, sobre todos a niños. Los individuos sensibles perdían capacidad para absorber los nutrientes de los alimentos; con dolores abdominales crónicos y diarreas, el cuerpo escuálido y el vientre hinchado, las víctimas ofrecían el miserable aspecto de quienes mueren de inanición. La malnutrición acortaba su vida.
La ignorancia sobre el mal perduró durante siglos; hubo que esperar al final de la segunda guerra mundial para que se averiguara que el gluten provocaba lesiones crónicas en la pared del intestino delgado y desencadenaba la enfermedad. ¡Había que eliminarlo de la dieta! ¿Se imagina el lector consciente las dificultades del enfermo? Piense que debe prescindir del pan, la harina, las pastas y las galletas. En la actualidad se ha progresado mucho en el conocimiento de la enfermedad celíaca: se sabe que se trata de un desorden autoinmunitario, una patología en la que el sistema inmunitario ataca al propio organismo. Más aún, los científicos han averiguado que surge de una combinación de tres factores: la exposición al gluten -o proteínas afines-, una predisposición genética y una pared intestinal inusualmente permeable. Deducimos que existen tres vías para prevenir el daño: somos prudentemente optimistas.

sábado, 20 de marzo de 2010

¿Se rompe la placa del Pacífico?


Yo te diré,
porqué mi canción,
te llama sin cesar;
me faltan tus risas
me faltan tus besos,
me falta tu despertar.
Así comienza la canción de la película “Los últimos de Filipinas”. Para los españoles contemporáneos el océano Pacífico está en la otra parte del mundo y no parece que tenga ningún interés para ellos. No siempre fue así. En el siglo XVI intrépidos navegantes españoles y portugueses lo exploraron y hasta finales del siglo XIX, Filipinas fue un territorio hispano donde se hablaba nuestro idioma. A este lejano océano me voy a referir, pero no tanto al agua que contiene como a lo que está debajo de ella.
Los geólogos saben que la superficie terrestre está rota en varios fragmentos, las placas. La que se encuentra bajo el Pacífico es la placa terrestre más grande… hasta ahora. La mayoría de los volcanes activos se sitúan en la frontera entre dos placas; porque las condiciones de la zona favorecen los ascensos de magma; así sucede en la cordillera de los Andes y en las dorsales submarinas. Sin embargo, algunos volcanes no obedecen a la regla general, surgen en el centro de las placas. Las corrientes térmicas, que ascienden a través del manto y se forjan en la frontera con el núcleo, generan una burbuja gigante de magma –un punto caliente-; la burbuja, al elevarse, empuja a la corteza oceánica hasta que se fractura y el magma puede salir a la superficie. Los geólogos suponen que así se originaron las islas Hawai y la Isla de la Reunión; hasta hace poco creían que la formación de muchas islas del Pacífico tenía la misma explicación. Nuevos datos, que muestran que la génesis de islas y archipiélagos del Pacífico central -Samoa, Cook, Rurutu, Austral, Tahití, Marquesas y Pitcairn- no está relacionada con el movimiento de la placa, les inducen a pensar que su formación no se debe a un punto caliente. Los geólogos han debido elaborar una nueva teoría: o bien los puntos calientes se mueven o bien se produce un estiramiento local de la placa; en el segundo caso, la consecuente variación del grosor fragilizaría la placa, lo que permitiría la elevación de magma hasta la superficie. De ser cierta esta segunda hipótesis, podría ser el preludio de una escisión de la placa terrestre más grande, la que llena totalmente el océano que, en otro tiempo, se conoció como el lago español.

sábado, 13 de marzo de 2010

Inmunidad. La tropa que aman los pacifistas


Antes de empezar, me disculpo con el lector meticuloso por el discurso que sigue, a duras penas calificable de científico.
Los misterios se manifiestan en ausencia del Sol, en algún momento de la noche, ese instante anterior al cantar de los gallos es el adecuado para descubrirlos. En esa duermevela del escritor, volando la imaginación, perdido todo contacto con el mundo real… aparecieron los invasores. Bien equipado de bagajes, las armas dispuestas, un ejército impasible, inexorable y despiadado oteaba el horizonte antes de emprender la marcha. A un lado y otro, monstruos de innumerables formas, fauces de innumerables dientes, garras de incalculable potencia desgarradora dormían con un sueño tan ligero que un solo roce leve los podía despertar. En los caminos vírgenes que pretenden hollar las bacterias asaltantes esperan las sufridas tropas inmunitarias. El tiempo se ha detenido. Defensores y atacantes se preparan, miden sus fuerzas.  La batalla pronto va a comenzar.
En la primera línea de fuego se hallan las tropas kamikazes (que responden al inusitado nombre de polinucleares y macrófagos), fieros comandos asesinos que destruyen y devoran al adversario cuando osa irrumpir en el enclave que defienden. Pagan caro su arrojo: su destrucción en combate deja un resto reconocible (el pus) por el observador inocente. Los linfocitos B, los soldados de infantería, se comportan como buenos profesionales, todos han pasado por la academia militar (la médula ósea) que les ha proporcionado los fundamentos de la milicia. En tiempos de paz no permanecen ociosos pues su entrenamiento consiste en encargarse de la limpieza; pero cuando una agresión se cierne sobre el territorio que protegen, las instrucciones de sus oficiales los convierten en fieros guerreros (los implacables plasmocitos), se dotan de armas de última generación -las temibles inmunoglobulinas-, e, intrépidos, se lanzan al combate. El corresponsal de guerra no se olvida de señalar que los oficiales y generales (que responden al ilustre nombre de linfocitos T) emiten linfocinas, con ellas transmiten sus órdenes a la fiel, sufrida y casi siempre victoriosa infantería.
            El escritor admira al sistema inmunitario, porque sabe que gana todas las batallas excepto la última, y porque conoce el trágico fin de los que pierden la guerra.
Miré los muros de la patria mía
si un tiempo fuertes, ya desmoronados;
de larga edad y de vejez cargados,
obedeciendo al tiempo y muerte fría.