Tengo algunos gustos francamente
raros. No me interesan las aventuras matrimoniales de éste o aquél actor,
tampoco las habilidades de un deportista famoso, ni las excentricidades de ese
popular cantante, sí me apasionan, en cambio, las fuerzas de inercia. ¡Qué le
vamos a hacer! Cuando, erguido en el autobús, me dirijo a un aeropuerto,
disfruto tratando de mantener el equilibrio cuando el vehículo acelera, frena o
cambia de dirección, me complazco prediciendo la intensidad y dirección de las
fuerzas de inercia, que trato de contrarrestar inclinando el cuerpo. Confieso,
avergonzado, que, algunas veces, el experimento acaba pidiendo disculpas a un
sufrido viajero, cuando me precipito sobre él a causa de un error en la
estimación de las fuerzas. En fin… aunque no llegue a esos extremos, el amigo
lector reconocerá que las fuerzas que se manifiestan en los cambios de
dirección y de velocidad son espectaculares.
Conocemos
el efecto de las fuerzas de inercia en caso de un accidente de automóvil (que, afortunadamente,
se mitigan debido al uso del cinturón de seguridad). ¿Son igual de dañinas en
otras circunstancias? Los aviadores y los astronautas, incluso los paracaidistas
necesitan saberlo. En los lanzamientos, los astronautas resisten aceleraciones
nueve veces superiores a la gravedad terrestre habitual (los técnicos la
escriben como nueve g), y pueden resistir mucho más, si se mantienen acostados
en la dirección perpendicular al movimiento. La postura es esencial: cuando un
avión efectúa cambios de dirección rápidos, en las rotaciones y picados, el
peligro es máximo porque los pilotos sienten enormes fuerzas sobre sus piernas
o su cabeza. Si la aceleración es positiva la inercia impulsa la sangre hacia
las piernas: con aceleraciones de cuatro g disminuye el flujo sanguíneo del
cerebro, con intensidades superiores la visión se oscurece en pocos segundos y
después se pierde el conocimiento, con veinte g, además de los efectos
anteriores, se fracturan las vertebras. El efecto de las aceleraciones
negativas resulta más dañino todavía, porque la inercia empuja la sangre hacia
la cabeza pudiendo romper los vasos cerebrales: con cuatro g pueden producirse
trastornos psicóticos que duran un cuarto de hora, y con aceleraciones de veinte
g se produce una ceguera temporal. Poco hay que argumentar sobre lo que le
puede suceder a un aviador psicótico. ¿Piensa, el lector aprensivo, lo que podría
suceder si el piloto transporta bombas?