Muchos de vosotros, amigos lectores,
admirais a deportistas y cantantes, a músicos y a modelos, a actrices y
futbolistas. Yo confieso mi devoción por los neutrinos, y me disculpo por el
exotismo de la preferencia. Para justificar tal rareza contaré las tres razones
que me conducen a manifestar tan insólita simpatía. Primera: un neutrino es
poco más que nada. Hasta hace poco los físicos sabían que la partícula de
materia más menuda que existía era el electrón, casi dos mil veces más liviano
que el átomo más pequeño; pues bien, aunque no se ha medido con precisión la
masa del neutrino ligero, ya se sabe que, por lo menos, es menor que la cienmilésima
parte de un electrón. ¡Que ya es ser pequeño! Segundo argumento: se trata de
unas partículas extraordinariamente difíciles de capturar. Aunque son muy
abundantes -el Sol los produce en cantidades parecidas a las de la luz-, el
incrédulo lector apenas los notará porque atraviesan su cuerpo sin tocarlo; es
más, por la noche le atravesarán casi tantos neutrinos solares como durante el
día, porque la Tierra, que impide que nos llegue la luz durante la noche, no
representa un obstáculo para ellos: los neutrinos atraviesan el planeta casi
como si no estuviese. Un astrónomo quiso hacer una fotografía del Sol usando
neutrinos en vez de luz (era una manera de capturar los neutrinos solares); como
cualquiera sabe, el tiempo de exposición de una cámara fotográfica se mide en
milésimas de segundo, pues bien, para conseguir la fotografía con neutrinos
necesitó un tiempo de exposición de quinientos días con sus noches, y aún así
consiguió una mediocre fotografía. No sólo el Sol irradia estas minúsculas
partículas, la mayor parte de la energía de las gigantescas explosiones que
llamamos supernovas escapa de las estrellas muribundas en forma de neutrinos; y
no me olvido que la radiactividad natural de la Tierra es otra fuente de estas
esquivas partículas. Tercer motivo: quizá lo más apasionante de los neutrinos
se refiera a su enigmático comportamiento: todas las partículas de materia
giran sobre sí mismas, ya a la derecha ya a la izquierda, y así, existen
electrones diestros y zurdos, y lo mismo sucede con los protones, neutrones y
con el resto de las partículas del universo ¿Todas? No, existe una única excepción:
los neutrinos, sólo existen neutrinos zurdos; nadie sabe por qué.
sábado, 10 de mayo de 2008
sábado, 3 de mayo de 2008
¿Por qué la vida es zurda?
Quienes
sabéis mucha bioquímica estaréis enterados de que todos los seres vivos están
construidos, fundamentalmente, con grandes moléculas llamadas proteínas que, a
su vez, están formadas por uno o varios centenares de pequeñas moléculas unidas,
a las que nombramos aminoácidos. Confieso al sabio lector que me sorprendió
mucho averiguar que la inmensa variedad de proteínas de los seres vivos se
fabrica con sólo veinte aminoácidos diferentes. ¿Compartís mi admiración?
Fijaros bien, tanto la minúscula bacteria como la gigantesca ballena, tanto el
roble centenario como la efímera mariposa contienen distintas proteínas; pero
todas y cada una de ellas, están hechas con los mismos ladrillos, con los
veinte aminoácidos. ¡Y no hay diferencia alguna entre los aminoácidos de la
liliputiense bacteria y los del ciclópeo cachalote! ¡Maravilloso!
Sintetizar
aminoácidos no resulta una tarea excesivamente difícil para un químico: si
dispusiéramos de recetas (y en cierta manera existen) que nos indicaran cómo
debemos unir los átomos podríamos construir cualquiera de ellos; pero, al
hacerlo, si seguimos las instrucciones al pie de la letra, obtenemos no una,
sino dos moléculas, tan parecidas una a la otra, como un guante izquierdo a
otro derecho; apellidémoslas diestra y zurda. Pues bien, todos los aminoácidos
que hallamos en la naturaleza viva son zurdos, tanto los de un hongo
microscópico como los de un solemne castaño o un majestuoso león, ¿por qué?
Nadie lo sabe. Cuando los fabricamos en el laboratorio obtenemos la misma
cantidad de aminoácidos diestros como zurdos, pero la naturaleza, ¡ay, la
naturaleza!, ¿por qué usa unos y desecha los otros? Misterio.
Aventuro
una opinión. Todas las partículas materiales del universo se presentan en dos
modalidades, que son tan parecidas como un objeto y su imagen en el espejo.
¿Todas? No, existe una excepción: los neutrinos, unas partículas más de un
millón de veces más pequeñas que la más diminuta de las partículas, el
electrón. Sólo existen los neutrinos zurdos, no hay neutrinos diestros.
Sospecho que, de alguna manera aún no hallada, la zurdera de los neutrinos
condiciona la zurdera de los aminoácidos. Como os podéis imaginar no tengo
argumentos científicos para demostrar mi osada y probablemente equivocada hipótesis,
por lo que mi alegría sería inmensa si algún lector con más talento que yo
lograse encontrar las pruebas que me faltan.
sábado, 26 de abril de 2008
Antes del Big Bang
Aristóteles
y sus seguidores postulaban que en la naturaleza no podía existir el vacío. Los
investigadores que promovieron la revolución científica del siglo XVII
demostraron con sus experimentos que tal concepción estaba equivocada. Por
ironía de la historia, la física moderna sostiene una teoría parecida a la del
filósofo griego.
Un aviso al lector precavido: el sentido común es válido
únicamente en el mundo a escala humana; en el micromundo o en el macromundo los
experimentos han demostrado que el sentido común -sin duda el mejor de los
sentidos- conduce a conclusiones erradas. La mayor parte de nosotros suponemos
que el espacio vacío está vacío; también esa era la creencia de los científicos
hasta que, en la primera mitad del siglo XX, desarrollaron la física cuántica.
Ahora saben que el mundo no es así, es más sutil: el espacio vacío no está
vacío. Lector incrédulo, ¿dudas? Te propongo un experimento mental: imagina un
cubo de un metro de lado ubicado en el espacio que hay entre las galaxias.
Dentro de él, probablemente, habrá algún átomo de hidrógeno; extráelo; elimina
también toda la radiación térmica enfriando: tienes un cubo en el que no hay
materia ni energía, por lo que supones que está vacío. Pues bien, te equivocas.
En ese cubo aparentemente desocupado existe una infinidad de partículas de
materia que, saliendo de la nada, aparecen y desaparecen, pasan espontáneamente
de la no existencia a la existencia, y viceversa. En otras palabras, el mejor
vacío que se puede conseguir en un laboratorio contiene energía, debido a esas
fantasmagóricas partículas materiales que los físicos apellidan virtuales y
que, por cierto, no se pueden detectar directamente; pero sí mediante vías indirectas. Pero si el vacío tiene una
energía, es concebible idear un estado, con menor energía todavía, hacia el que
pueda evolucionar (al universo, como a todos nosotros, le gusta caminar cuesta
abajo). Y si sucediese que el espacio con materia tuviera menor energía que el
espacio vacío, ya tendríamos explicado el origen de nuestro universo de una
manera científica: el universo se creó espontáneamente de la nada, porque la
nada es inestable. Desgraciadamente, los físicos carecen de conocimientos
suficientes como para atribuir un valor concreto a la energía del espacio vacío
y a la del espacio con materia, para poder compararlos.
No
cabe duda, cuanto más sabemos del mundo más sorprendente nos parece.
sábado, 19 de abril de 2008
Lucas, la primera bacteria
Los
humanos, con una soberbia inaudita, se consideran los amos del planeta en el
que nacieron. ¡Yerran! La Tierra fue, es y será fundamentalmente bacteriana. Aporto
unos datos para deshacer el equívoco: durante el ochenta por ciento de la
existencia de nuestro planeta las bacterias han vivido en él, no sucede lo
mismo con los animales, -no olvidemos que los humanos también somos animales-,
que sólo llevan viviendo en la Tierra menos del quince por ciento de su
existencia. Las cantidades de seres vivos nos proporcionan otro argumento: en
la actualidad, hay mucha más materia viva en forma de bacterias que en forma de
animales y plantas juntos: concretamente, tres de cada cuatro kilos de biomasa
se halla en las bacterias.
Las bacterias son diminutas máquinas
químicas muy elaboradas, que toman energía de alta calidad del ambiente y
devuelven energía de baja calidad; no sólo eso, muchas de ellas captan la luz
solar, para convertir el dióxido de carbono y el agua en productos ricos en
energía de alta calidad. Simples, cambiantes, con facultad para sustituir sus
partes componentes y con una capacidad de adaptación máxima, no puede
extrañarnos que el primer ser vivo terrestre fuese una bacteria. Dos
observaciones nos permiten acotar la fecha de la aparición de la primera: los
paleontólogos encontraron restos bacterianos en rocas de edades cercanas a hace
tres mil quinientos millones de años; y sabemos que cuatrocientos millones antes
se produjo un violento bombardeo de meteoritos que esterilizó el planeta. El autor confiesa su satisfacción cuando supo que al primer
ser vivo que holló la Tierra en fechas tan lejanas se le bautizó con el bello
nombre español de Lucas (a fuer de sincero, reconozco que la s terminal es un
complemento que he añadido para que resulte eufónico el nombre obtenido con las
iniciales Last Universal Cellular Ancestor).
Ya
creemos saber, aproximadamente, cuando apareció Lucas, pero ¿cómo era? Los
biólogos han estudiado las bacterias existentes y tratado de hallar el mínimo
común a todas ellas; porque suponen que así sería la bacteria primigenia de la
que descendieron todas las demás; y una vez efectuado el estudio teórico
hallaron que Lucas debía contar con quinientos setenta y dos genes escogidos
para vivir. Sólo falta construirla en un laboratorio. ¡Esperamos darle la
bienvenida dentro de no mucho tiempo!
Acabo
con una pregunta insidiosa, ¿será benéfica Lucas?, ¿será letal?
sábado, 12 de abril de 2008
Estrellas fugaces, espectáculo celeste
Me
permito hacer una recomendación al lector noctámbulo. El once de agosto vaya a
un lugar alejado de su ciudad, evite la iluminación y espere a que llegue la
noche; mire al cielo y prepárese a contemplar un hermoso panorama. Los afortunados
que, robando horas al sueño, se desvelen mirando el cielo verán unas cuantas
estrellas fugaces cada hora, en la dirección de la constelación de Perseo. El
espectáculo se debe a que la cola del cometa Swift-Tuttle intercepta la órbita
del planeta que nos acoge, lo que provoca que las partículas de polvo del
cometa se precipiten a doscientos doce mil kilómetros por hora contra nuestra
atmósfera, y recreen unos fuegos artificiales celestes.
Esta
exhibición nocturna, popularmente conocida como Lágrimas de San Lorenzo, me
recuerda que el veintisiete de septiembre del 2007 los humanos enviamos un
vehículo espacial al cinturón de asteroides, al ropero viejo del sistema solar,
un lugar donde se encuentran objetos muy antiguos, reliquias del pasado remoto en
el que se formaron los planetas. Concretamente, de la visita a Vesta y Ceres
esperamos aprender cómo sucedieron los primeros pasos de la formación de los
planetas: cómo se constituyeron sus núcleos y mantos rocosos primero, y cómo se
formaron, después, los hielos que aparecen en las superficies.
Tal
vez el lector escrupuloso lamente, moviendo la cabeza apesadumbrado, la
dilapidación de dinero invertido en los viajes espaciales. No pretendo
convencer a nadie ¡Dios me libre!, pero le diría al escéptico amigo que el
núcleo terrestre crea un campo magnético que nos protege de las tormentas
solares; y que estos fenómenos astronómicos ya produjeron apagones en Nueva
York y Canadá y podrían destruir los grandes transformadores eléctricos que
proporcionan electricidad a nuestros hogares. Conocer estos sucesos, como es
obvio, tienen un interés vital para nosotros: en concreto, sabemos que un campo
magnético débil y una tormenta solar fuerte expondría a los desafortunados
pasajeros de avión a dosis de radiación peligrosas. Añado también que los
seísmos y las erupciones volcánicas dependen de la conducta del manto y la
corteza, que dependen de los fenómenos que suceden en el núcleo; poco tengo que
argumentar para resaltar la importancia de prevenirlos. Además del amor al
conocimiento, el egoísmo nos impulsa a averiguar cómo funciona el interior de
nuestro planeta; y en los astros del sistema solar se encuentran algunas
respuestas.
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