El filósofo lector que se entretenga
meditando sobre el fin de la vida sabe que el deceso de los humanos se debe a
distintas causas; éstos sucumben por una cardiopatía, ésos por un cáncer,
aquéllos por una tabacopatía, en cualquier caso al final hallamos siempre el
mismo ineludible resultado: un cadáver con el electroencefalograma plano y el
corazón quieto.
Las estrellas también fallecen, como los
humanos, pero no lo hacen igual, ¡faltaría más!, las estrellas –decía- mueren
de distintas formas según cuál sea su tamaño -o su masa, para ser más preciso-.
Acompañemos a una estrella en su agonía. Después de quemar hidrógeno durante
toda -o casi toda- su vida, y convertirlo en cenizas durante millones, o miles
de millones, de años la estrella ha agotado su combustible; se enfrenta
entonces a una crisis energética que determinará su futuro porque, cuando la
combustión cesa, baja la temperatura y la presión que empuja hacia afuera a la
materia; en consecuencia, la estrella colapsa debido a la aplastante fuerza de
gravedad. Los físicos conciben tres posibles destinos terminales de las estrellas.
El óbito de las pequeñas, como el Sol, es suave: se hinchan primero, y forman
enormes gigantes rojas, para después contraerse; una enana blanca es el cadáver
actual de aquellas estrellas que en el pasado fueron similares a nuestro astro
rey. Enanas blancas que, cuando hayan emitido toda su energía térmica, acabarán
convertidas en enanas negras; cabe añadir que el universo no tiene edad
suficiente como para albergar alguna. Si se trata de estrellas medianas y
gigantes, la defunción es más espectacular, también se hinchan, pero después estallan;
llamamos supernova a la gigantesca explosión que, si sucediese no ya en el Sol,
sino en una de las estrellas próximas, emitiría tanta radiación que mataría a
toda la vida terrestre. Como en el caso anterior, la extinción del astro
también deja un cadáver, minúsculo hay que decirlo, al que llamamos estrella de
neutrones. Queda una tercera posibilidad, cuando se trata de una estrella
supergigante; la explosión terminal (que no llega a alcanzar el brillo de una supernova) deja un extraño objeto, quizá agujero negro –lugar del que ni la propia luz puede
escapar- sea un nombre acorde con el último cadáver que queda después del ocaso
de la estrella.
El escritor, aunque aborrece las
exhibiciones macabras, reconoce que la necroscopia astronómica le parece
majestuosa.