Unos
días después de celebrar el Año Nuevo, los astrónomos anunciaron que un nuevo
ciclo solar había comenzado en el 2008. Algún avispado lector se preguntará
¿ciclos solares? ¡A mí qué me importan! A tan despreocupados terráqueos les
diré que el conocimiento de tales ciclos permite predecir la llegada a la
Tierra de las tormentas solares; un fenómeno que sobrecarga las redes
eléctricas, puede causar apagones generalizados (ya sucedió en Nueva York),
avería los satélites -es innecesario recordar que tanto las bolsas de valores y
la previsión meteorológica, como las comunicaciones por radio y televisión se
valen de ellos-, obliga a que los vuelos comerciales se desvíen a latitudes más
bajas; y, abandonando el pragmatismo por el arte, también nos otorga el goce
estético de columbrar auroras boreales en latitudes más bajas que las habituales.
Si el
proemio ha conseguido avivar la curiosidad del lector profano, siga leyendo
pues aún le aguardan sorpresas. El Sol, el inmutable Apolo de los antiguos,
cambia cíclicamente: en concreto, aparecen manchas en su superficie, cuando,
cada once años, su polaridad magnética se invierte; sucede, entonces, que su
norte magnético se convierte en sur y viceversa. Los astrónomos han observado
que, además, el Sol emite un flujo continuo de partículas; las apellidaron
viento solar, viento que, al contactar con la Tierra, produce uno de los
espectáculos más hermosos con el que podemos emocionarnos los humanos: las
increíblemente bellas auroras. Pero hay veces que la normalidad solar se
interrumpe, se producen violentas explosiones y el viento se vuelve vendaval:
nos hallamos en una tormenta solar. Los físicos ya saben cuando suceden estas
anomalías: cuando hay muchas manchas; por eso comparan esa agitada época con la
temporada de huracanes en la Tierra.
Acostumbrado
a las perturbaciones meteorológicas terrestres me imaginaba que, dejando a tras
la atmósfera de nuestro planeta, la paz y tranquilidad reinaría por doquier, de
ahí mi inmensa tristeza al enterarme de la existencia de una meteorología solar, con sus vientos y
tormentas. El escritor reconoce que llora lágrimas de cocodrilo porque,
aficionado a la ciencia, cree que la naturaleza siempre se muestra más bella
que la más hermosa de las especulaciones ideadas por la mente humana. El
escritor se solaza imaginando la inaudita potencia de las explosiones que
ocurren en el Sol y sabe que los espectadores del futuro las contemplarán
embelesados.