Hasta agosto del
año 2006, el sistema solar, según la tesis oficial de la comunidad científica,
constaba de nueve planetas, cuatro gigantes externos, cuatro pequeños internos
y el inclasificable Plutón. El autor consideraba que Plutón no debería ser
catalogado como un planeta y tenía varios argumentos para sostener su
heterodoxa opinión: su órbita fuera del plano en el que se mueven los ocho
planetas; su excentricidad que le hace estar más próximo al Sol, durante
algunos momentos, que Neptuno; su composición diferente de los otros ocho; su
tamaño menor que la Luna; incluso se podrían añadir otras consideraciones,
tales como que en la región en la que se mueve existen astros de tamaño
parecido. Desde el año 1930, en que se descubrió Plutón, se le atribuyó la
categoría de planeta y así se le consideró, entre otras razones, porque desde
Copérnico los astrónomos no se ponían de acuerdo en una definición de planeta.
En el año 2006, en la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional
celebrada en Praga, un comité de sabios propuso que Eris -más lejano que Plutón
y mayor que él-, Ceres (el mayor asteroide), Plutón y probablemente un montón
de astros, que están en la misma región y tienen un tamaño similar, fuesen
considerados planetas. Para mi sorpresa la moción no fue aprobada; sí lo fue
otra en la que se daba una definición de planeta en la que Plutón, los mayores
asteroides, los compañeros de Plutón presentes y los que se encuentren en el
futuro quedaban fuera de la definición. No puedo decir otra cosa que me alegro.
Y a los que aman excesivamente las tradiciones les diré que no es la primera
vez que los astrónomos recortan la lista de planetas: en el año 1543 el Sol y
la Luna fueron eliminados, en el año 1852 se tacharon los quince asteroides
mayores, no debe extrañarnos que en el año 2006 excluyan a Plutón y sus
compañeros. Una última aclaración; el escritor sospecha que el argumento más
contundente en contra de la decisión tomada por los astrónomos en el 2006 no ha
aparecido en las sesudas revistas científicas: en inglés, Pluto no sólo es un
planeta, sino también un popular personaje de los dibujos animados, y rebajar
de categoría a quien los niños norteamericanos tienen tanto cariño es…
imperdonable para los astrónomos que tienen hijos pequeños.
sábado, 2 de agosto de 2008
sábado, 26 de julio de 2008
La pérfida guerra química y las conotoxinas
El escritor conoce la tremenda capacidad
de los humanos para la virtud y la maldad; facultad que queda en evidencia en
las guerras, cuando emerge el lado perverso de nuestra naturaleza. De todas las
armas empleadas por quienes se llaman a sí mismos Homo sapiens, las armas
químicas me parecen excepcionalmente diabólicas. El siglo XX comenzó con
alemanes y franceses gaseándose a conciencia con veneno; y terminó con iraníes
e iraquíes haciendo casi mismo, el casi se debe a que mejoraron la toxicidad
del gas. Reflexionando sobre las causas del lado oscuro de la naturaleza
humana, me di cuenta de que otros animales, además de los vegetales, usan la
guerra química para competir sin cuartel. Plantas como la cicuta o el tabaco
producen sustancias que las defienden de los herbívoros; escorpiones y peces,
arañas o reptiles usan medios químicos para la defensa y caza; no resulta
extraño que, sumergido en la naturaleza, el hombre primitivo conociera
sustancias tóxicas y las empleara en su beneficio. No cambió de usos y
costumbres el hombre moderno. En la actualidad, los químicos, en su búsqueda de
nuevos medicamentos (o de nuevas armas químicas, que de todo hay), centran su
atención en el medio marino. ¿Los motivos? Hay ecosistemas -los arrecifes de
coral- con una densidad de especies superior a la de la selva tropical. En
ellos la competitividad, muy intensa, favorece la supervivencia de quien mejore
continuamente sus medios de defensa y ataque. Los biólogos han recomendado a
los químicos que se fijen especialmente en los animales de cuerpo blando, en
los inmóviles o en los dotados de un movimiento lento, porque la supervivencia
de estos organismos no se fundamenta en la velocidad de natación o en sus
defensas físicas, sino en la generación de arsenales químicos que utilizan para
el ataque y la defensa.
Este inusitado proemio bélico se debe a
que me he enterado de la existencia de un nuevo medicamento; se usa para el
tratamiento del dolor y multiplica por mil la eficacia de la morfina, sin sus
efectos secundarios. Se trata de una de las conotoxinas, familia de sustancias
fabricada por unos moluscos marinos llamados conos. Y se espera comercializar
otras –se han descubierto decenas de miles y ya hay más de un centenar de
patentes-, para el tratamiento del Alzheimer, la esquizofrenia, el asma y la
epilepsia. ¿Quién podía imaginar que el estudio de los arsenales de guerra
química nos proporcionara esperanza?
sábado, 19 de julio de 2008
La rana que logró volar
En
el año 1992, David Copperfield presentó al público una de las mejores ilusiones
jamás logradas: una levitación, el artista volaba por el escenario. Para
eliminar la sospecha de que unos alambres pudieran sujetarle, el mago pasaba a
través de dos aros. ¿La explicación? Unos hilos de kevlar, invisibles para el
espectador, sujetaban al protagonista; y el paso por los aros se debía a una
ilusión óptica.
No
hay que recurrir al ilusionismo, ni tampoco a la superstición para comprender la
levitación magnética, sus fundamentos físicos se conocen desde hace tiempo: un
objeto flota cuando una fuerza de repulsión equilibra su peso. Ni más ni menos.
Comentaré una de las varias formas de lograr la repulsión magnética,
concretamente, la apellidada levitación por diamagnetismo. Para ello, antes, me
fijaré en un fenómeno que conocen perfectamente los físicos: algunos objetos
-el agua, en particular- colocados en las proximidades de uno de los polos de
un imán, son ligeramente repelidos por él; como resulta que los animales están
formados en gran parte por agua, ¿por qué no probar con alguno de ellos? En el
año 1997, usando imanes que presentaban un magnetismo trescientos mil veces
superior al terrestre, los físicos consiguieron una fuerza magnética que
compensaba el peso de una rana: el milagro se había producido, un animal vivo
levitaba en el laboratorio. No sólo eso, los diseñadores del experimento
aseguran que sólo es cuestión de tiempo que puedan hacer lo mismo con humanos,
después de todo -recuerdan- el agua constituye el setenta por ciento de nuestro
cuerpo. Al llegar a este punto, tal vez debería resaltar un inconveniente,
algún escéptico recordó que, para producir el magnetismo con la intensidad
requerida, se necesitaría toda la energía de una central nuclear. Incluso
aceptando el dispendio energético, el escritor, sabiendo que está formado por
átomos y que pesa unas cien veces más que una pequeña rana, supone que se
necesitaría un magnetismo mayor para que levitara. Ignora si tal magnetismo le
causaría daños corporales o mentales; pero sabe que, con un magnetismo siete
millones de veces mayor que el usado con los simpáticos anfibios, sus átomos
cambiarían su forma actual más o menos esférica para adquirir un aspecto cilíndrico
parecido al de los cigarros puros, y eso -deduce- debe ser muy insano. Sin ninguna duda, prefiero que no experimenten conmigo campos magnéticos tan intensos.
sábado, 12 de julio de 2008
Defensa de la memoria
Durante las últimas décadas hemos
asistido a una continua subestimación de la importancia de la memoria en la
educación. A un buen alumno en la década de los cincuenta del siglo pasado se
le exigía memorizar nombres y más nombres, cifras y más cifras. Nos encontramos
en la actualidad en el extremo contrario: no memorices, razona, razona y
razona. Disiento de la negación y comparto las tres afirmaciones. Como
científico me pregunto: ¿es posible razonar sin una buena fuente de noticias?
¿Acaso disponer de una memoria cargada con una buena selección de datos no es
igual de importante que un buen sistema de razonamiento? ¿Qué le exigimos a un
ordenador? Que tenga un buen microprocesador y una gran memoria, es decir que
razone (perdón, que procese) bien y que almacene mucha información. Y este
preludio viene a cuento de que los neurólogos han calculado que una persona
puede almacenar a lo largo de su vida trescientos trillones de bits, es decir,
nada menos que trescientos mil millones de gigas, ni más ni menos; una cantidad
de información muy superior a la del genoma humano (un billón, aproximadamente)
o a la de un moderno superordenador. Tanta información se debe a que toda la
experiencia sensorial consciente e inconsciente queda registrada en nuestras
neuronas: me asombra, y más incluso que la inmensa cantidad de información
almacenada, la selección que hacemos, pues sólo recordamos la más relevante.
¿Podremos alguna vez añadir al cerebro
prótesis de memoria con capacidades lingüísticas o matemáticas? ¿Para qué
instalar prótesis artificiales en la cabeza -quizá se pregunte algún sagaz
lector- si es sabido que sólo usamos el diez por ciento del cerebro? Aprendamos
a usar el cerebro entero y otro gallo cantará. Quienes defienden tal tesis se
olvidan de la segunda parte de la investigación del famoso diez por ciento. Es
verdad que cuando un humano efectúa una tarea cualquiera utiliza sólo el diez
por ciento del cerebro, pero también lo es que cuando cambia de tarea vuelve a
usar el diez por ciento, ¡en una región del cerebro distinta de la anterior! Es
decir, si hacemos múltiples tareas, como suele suceder habitualmente, empleamos
todo el cerebro y no sólo una parte minoritaria de él. Una mentira, por más
veces que se repita, nunca se convertirá en verdad ¡Qué le vamos a hacer!
sábado, 5 de julio de 2008
¿Más veloz que la luz?
La teoría de Einstein de la
relatividad nos dice que ningún objeto puede viajar a una velocidad superior a
la velocidad de la luz. Quienes sabéis muchísima Física diréis que esta
afirmación es cierta sin ninguna duda, ¿seguros?, ¿sí? Os propongo el
experimento mental siguiente. Tomemos un electrón y un antielectrón; resulta
fácil conseguir electrones, se hallan en la corteza de los átomos, y algo más
difícil obtener antielectrones, pero se logra, sin dificultades excesivas.
Ahora hagamos que choquen: ambas partículas desaparecerán y en su lugar
aparecen dos fotones, dos corpúsculos de luz, que se dirigen en sentidos
opuestos. En el camino de cada fotón se coloca una puerta óptica medio abierta
(técnicamente, un polarizador inclinado) de tal manera que la probabilidad de
que pase el fotón sea del cincuenta por ciento. ¿Pasarán los corpúsculos de luz
por ambas puertas?
Leamos el análisis que hacía Albert
Einstein del experimento. Puede ocurrir uno de los tres comportamientos
siguientes: que ambos fotones pasen, cada uno por su puerta; que los dos
fotones no pasen; la tercera posibilidad consiste en que uno pase y el otro sea
detenido. Cualquiera de nosotros razonaría de la misma manera; parece una
aplicación directa del sentido común. Niels Bohr discreparía de esta
interpretación; él analizaba el experimento de otro modo. Aseguraba que, o
ambos fotones pasan o ambos no pasan; no puede ocurrir que uno pase y el otro
no. Las tesis de los dos geniales físicos son absolutamente divergentes: no hay
posibilidad de acuerdo.
¿Cuál de
los dos sabios acertaba? A pesar de que el sentido común nos sugiera lo
contrario, los experimentos dan la razón a Bohr. De alguna manera un fotón
informa instantáneamente al otro de lo que va a hacer, si va a pasar o no por
la puerta óptica, para que el otro haga exactamente lo mismo.
¿Instantáneamente? Sí. ¿A una velocidad superior a la de la luz? Sí. ¿Tiene
alguna lógica el experimento? No; pero así es el mundo, por muy insensato y
raro que nos parezca. Resalto que sólo los sucesos que están relacionados por
una causa común tienen la potestad para influenciarse de una manera instantánea;
y resulta verosímil suponer que tales influencias –mejor no llamarlas señales- no
pueden emplearse para transmitir información útil. ¡De esta sutil manera
razonan los físicos para no contradecir la teoría de la relatividad!
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