Tormentas, viento, lluvia, nubes,
estamos habituados a celebrar o lamentar, cada uno según sus preferencias, los
meteoros. Sabemos que se corresponden con estados de nuestra atmósfera que los
expertos se esfuerzan por estudiar; expertos a los que pedimos que nos
pronostiquen el tiempo ¡sin equivocaciones!; y hasta el menos científico, aquel
que lee el horóscopo todos los días, exige práctica científica meteorológica al
máximo nivel. Extrañará a algunos que también haya meteoros en otros planetas -gigantescas
tormentas en Júpiter y Neptuno, enormes tormentas de polvo en Marte-; pero
sorprenderá a todos –al escritor desde luego- que el Sol tenga una atmósfera y
que ésta englobe a la Tierra. La corona, que así se llama parte de la atmósfera
solar, se extiende más allá de Neptuno; cierto que casi nunca se ve, excepto
durante un eclipse total, pero, ruidosa y caliente, allí está; y, como
cualquier atmósfera, tiene su meteorología: el viento solar sopla en ráfagas
que alcanzan millones de kilómetros por hora, las eyecciones (erupciones) de
masa coronal desprenden miles de millones de toneladas, una tormenta solar también
produce peligrosas tormentas de radiación. Como habrá adivinado el lector
inteligente, cada planeta y cada satélite está expuesto a la furia de estos elementos.
Afortunadamente, nuestro planeta está
mejor protegido que la mayoría: tenemos una gruesa atmósfera y un campo
magnético; de hecho, el clima del Sol nos afecta poco: las tormentas solares moderadas
no provocan más que ocasionales cortes de luz o interrupciones en las emisiones
de radio. Pero la Tierra se queda pequeña, la civilización se está extendiendo
hacia el espacio; dependemos de más de quinientos satélites para utilizar la
televisión, el teléfono, internet, la navegación por medio del GPS, también
para el pronóstico del tiempo; y tanto los satélites como los habitantes de la
Estación Espacial Internacional son vulnerables al clima solar y, por tanto, a
la radiación y a las partículas que emanan de la estrella. No olvidamos que,
abandonada la protección terrestre, los astronautas que viajen a la Luna y a
Marte, estarán en contacto directo con la atmósfera de nuestra estrella y
podrán sufrir, sino se protegen, las consecuencias de un exceso de radiación.
No albergo muchas dudas, en el siglo
XXI, el tiempo solar llegará a ser tan importante como el tiempo terrestre.
Aunque muchos humanos se empeñen en ignorarlo, volamos hacia el futuro ¡Qué le
vamos a hacer!
2 comentarios:
Estimado amigo
Debes de considerar que la meteorología tradicional se refiere más bien a los cambios en la atmósfera terrestre (troposfera y estratosfera), en cambio los términos tiempo espacial o meteorología espacial se refieren a los cambios en el espacio interplanetario, que se deben predominantemente al viento solar; por cierto los científicos no comenzaron a utilizar el término hasta la última década del siglo pasado.
Saludos de Epi
Estimado amigo
Desde el año 1645 al 1715 (mínimo de Maunder) casi desaparecieron las manchas en la superficie del Sol; la actividad de la estrella fue mínima. Se ignora su causa.
Saludos
Epi
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