sábado, 10 de enero de 2026

Superficies corporales


Un ser vivo unicelular no es más que un pequeño saco lleno de moléculas, separado del ambiente por una membrana grasa a través de la cual se exportan moléculas innecesarias y se importan moléculas necesarias. ¿Podemos diseñar un modelo igual de simple para el cuerpo humano? Recordemos que nuestro organismo no está formado por una, sino por tres billones y medio de células, a los que deben añadirse veintiséis billones y medio de eritrocitos y plaquetas. Imaginémoslo como una superficie cerrada, con dos invaginaciones, a través de la cual importa y exporta moléculas con el exterior; incorporemos al modelo una red interna de tubos llenos de líquido para transportar las moléculas externas a cualquiera de las células. Pongámosle nombres: piel a la superficie externa, pulmones y intestino a las dos invaginaciones, y capilares a la red de minúsculas cañerías.
La superficie de la piel, que contacta con el exterior, mide entre uno y medio y dos metros cuadrados; no está diseñada para el intercambio de moléculas con el exterior, aunque participa en un mínimo trueque (sudoración y absorción). La superficie de las células pulmonares que contacta con el exterior mide entre setenta y cien metros cuadrados; tanta superficie maximiza la difusión de gases a su través y permite un intercambio gaseoso eficiente para mantener la vida, pues el oxígeno debe capturarse del aire y el dióxido de carbono debe eliminarse de la sangre para satisfacer las demandas del cuerpo. La superficie de las células del intestino delgado que contacta con los alimentos ingeridos mide entre doscientos y trescientos metros cuadrados; tal área es capaz de absorber con eficiencia los nutrientes (carbohidratos, proteínas, grasas, vitaminas, minerales, agua) que ingresan en el organismo mientras el alimento transita por el tubo digestivo.
La superficie de la red de tubos capilares mide entre ochocientos y mil metros cuadrados; tal enorme superficie asegura que todas las células estén cerca de un vaso sanguíneo, y facilita la difusión eficiente de moléculas desde los capilares hacia las células (nutrientes y oxígeno) y desde las células (dióxido de carbono y moléculas de desecho) hacia los capilares.
En resumen, la magnitud de las superficies refleja las demandas de cada una: en los pulmones, maximiza el intercambio gaseoso con el entorno; en el intestino delgado, maximiza la absorción de nutrientes de los alimentos; y en los capilares, maximiza el intercambio de moléculas entre la sangre y todas las células del cuerpo.

sábado, 3 de enero de 2026

España y el cambio climático


He averiguado, con estupor, que la misma gente que participó en la campaña de desinformación sobre los daños para la salud del tabaco ha participado en las campañas de desinformación sobre los peligros del cambio climático antropogénico. Existen creyentes que, desoyendo el consenso científico, niegan el cambio climático antropogénico como niegan la esfericidad de la Tierra, a pesar que nadie que maneje datos mínimamente fiables apoye tales negaciones. También existen quienes -menos conspiranoicos- achacan de alarmistas climáticos a los que avisan de las consecuencias para la población de los riesgos meteorológicas. Por todo ello, nada hay mejor que atenerse a los datos desnudos y que cada uno extraiga las consecuencias. La organización Germanwatch ha conseguido datos sobre las catástrofes naturales y, en el año 2025, ha publicado el informe Global Climate Risk Index, que usa la información adquirida en la Base de Datos Internacional sobre Desastres (EM-DAT) y en el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Por qué sobre catástrofes? Porque con el cambio climático aumenta el número e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos.
Entre 1993 y 2022 se registraron más de nueve mil cuatrocientos fenómenos meteorológicos extremos en el mundo que mataron a más de setecientas sesenta y cinco mil personas y causaron pérdidas económicas que sobrepasaron los cuatro coma uno billones de dólares. Los impactos climáticos que causaron mayor cantidad de víctimas mortales fueron las tormentas (35%), le siguen las olas de calor (30%), las inundaciones (27%) y las sequías. Las tormentas provocaron las pérdidas económicas más considerables (56%), seguidas por las inundaciones (32%). Mencionamos, por orden, la aciaga escala de los países que registraron más pérdidas humanas y económicas, debido al cambio climático, durante los treinta años estudiados: Dominica (en el Caribe), China, Honduras, Myanmar, Italia, India, Grecia, España, Vanuatu (en el Pacífico) y Filipinas. España se halla entre los diez países más afectados por la crisis climática: en el intervalo estudiado, las catástrofes naturales asociadas al calentamiento han provocado veintisiete mil óbitos y casi veinticino mil millones de euros en pérdidas económicas. Entre los fenómenos meteorológicos extremos más graves que afectaron a España, que se ha enfrentado a numerosas olas de calor extremo, citamos la sequía de 1999 en el sur, así como las inundaciones de 2019 en el sureste; cabe añadir que el susodicho informe no recoge ni las personas fallecidas ni las pérdidas materiales en las inundaciones de Valencia del año 2024.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Mitocondrias

 
Todas las células humanas (excluimos los glóbulos rojos y las plaquetas) tienen en su interior unos orgánulos, llamados por los biólogos  mitocondrias, que son auténticas centrales energéticas; lo son porque sintetizan la mayor parte del ATP, la molécula de energía, que usan las células. ¿Por qué unas células tienen muchas mitocondrias y otras tienen pocas? Conocida su función deducimos que su cantidad dependerá de la demanda energética. Las células que ejecutan mucho trabajo y requieren un suministro elevado de ATP estarán repletas de mitocondrias: como las células musculares esqueléticas que nos mueven o las células cardíacas que se contraen continuamente; o las neuronas cuya alta demanda energética se debe a que deben transmitir ininterrumpidamente impulsos nerviosos, sintetizar neurotransmisores y mantener la plasticidad sináptica; o las células epiteliales del riñón y del intestino que, para el transporte activo de iones y moléculas, requieren gran cantidad de ATP; o las células de hígado, muy activas tanto en la síntesis de proteínas, como en la desintoxicación de moléculas, que contienen miles de mitocondrias. Las células con baja demanda energética tendrán pocas mitocondrias: como las células de tejido conectivo (fibroblastos y adipocitos) o las células epidérmicas de las capas externas de la piel. Las células inmunitarias (linfocitos) en reposo necesitan pocos ATP; sin embargo, su número de mitocondrias aumenta cuando se activan para responder a una infección. Los veinticinco billones de glóbulos rojos de un humano cualquiera no sólo carecen de núcleo, sino también de mitocondrias, por lo que deben obtener su energía directamente de la rotura de glucosa, sin recurrir a la importación de oxígeno.
Si una célula, que requiere varios centenares o millares de mitocondrias para funcionar con normalidad, tiene menos, nos indica que el tejido u órgano al que pertenece tal célula está enfermo o funciona mal. La supervivencia y funcionalidad de las células dependen de la producción de ATP por las mitocondrias; eso significa que una reducción en el número de ellas limita la cantidad de energía que fabrica la célula y es un indicador de envejecimiento y de diversas patologías. En las células musculares la disminución de la cantidad de mitocondrias genera debilidad y fatiga; en las células cardíacas provoca insuficiencia cardíaca y cardiopatías diversas; en las células renales afecta a la filtración y reabsorción de iones y moléculas; en las neuronas causa enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer, Parkinson); y en las células de algunos tejidos se asocia con la diabetes y obesidad.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Campo magnético terrestre


El campo magnético de la Tierra, su magnetismo dicho en términos profanos, es un escudo invisible que nos protege de la radiación solar. Se genera en el núcleo externo del planeta, la capa de hierro líquido que se halla a dos mil novecientos kilómetros bajo la superficie. Desentrañemos su mecanismo de creación: un campo magnético inicial (incluso si es muy débil, como el campo magnético solar) pasa a través del núcleo terrestre; el calor que emana del centro de la Tierra -a siete mil grados- crea corrientes de convección -las mismas que observamos en el agua caliente- en el hierro fundido, y la rotación de la Tierra organiza este flujo en inmensas espirales; el movimiento del fluido conductor (los iones y electrones del hierro) en el campo magnético inicial genera una corriente eléctrica; la corriente eléctrica genera un nuevo campo magnético, mucho más fuerte que el original. Este proceso opera como un descomunal generador eléctrico geológico que se retroalimenta, o sea, como una geodinamo autosostenida. Cabe resaltar que un fenómeno similar ocurre en el Sol: el movimiento del plasma -partículas cargadas- en su interior crea su campo magnético.
El campo magnético de la Tierra, que podemos compararlo al de un imán, con sus polos norte y sur, no es estático, es un ente dinámico que cambia constantemente; porque el movimiento del hierro en el núcleo terrestre no es perfecto, sino turbulento. Las fluctuaciones aleatorias del flujo de hierro fundido pueden desorganizar el campo magnético, debilitándolo drásticamente; cuando esto ocurre, el campo magnético deja de tener los dos polos habituales y se vuelve muy complejo, con varios polos emergiendo en diferentes lugares del planeta. Y así permanece hasta que el campo magnético dipolar se restablece de nuevo; nuevo campo que muestra una polaridad invertida (o que manifiesta una polaridad idéntica a la anterior). Se trata de un ritmo de variaciones muy variable. Los periodos estables, en los que el campo magnético terrestre mantiene su intensidad y polaridad, duran cientos de miles de años o incluso millones; el último cambio ocurrió hace setecientos ochenta mil años, pero se han registrado épocas de estabilidad de cuarenta millones de años. En contraste, la transición, el periodo durante el cual el campo es débil y caótico, es breve, pues dura entre mil y diez mil años. Los periodos de estabilidad magnética de nuestro planeta son la norma, los de transición son cortos.

sábado, 13 de diciembre de 2025

¿Los vegetales tienen ojos?

 
Oía, más que escuchaba, disertar a un iletrado sobre la capacidad de las plantas para ver la luz; desechados sus teorías y argumentos como absurdos, inmediatamente me pregunté sobre la sensibilidad de los vegetales hacia la luz. Nosotros y muchos animales tenemos ojos, vemos, detectamos la luz. ¿También las plantas ven o, expresado con más precisión, detectan la luz? Declaramos sin ambages que tanto animales como vegetales detectamos luz y respondemos a ella. Ahora bien, ¿existe el equivalente vegetal de los ojos animales? Expondré algunos argumentos, semejanzas y diferencias, para que el curioso lector pueda juzgar.
¿Qué similitudes presentan los detectores de luz animales y vegetales? Dos pigmentos, ficobilina en éstos, retinal en aquéllos, constituyen el primer paso en la detección; se trata de dos moléculas orgánicas, capaces de absorber luz y desencadenar una respuesta biológica. Ambos fotorreceptores están unidos a una proteína, a la rodopsina en la fauna y a los fitocromos en la flora, funga y cianobacterias. En ambos casos la molécula asociada a la proteína cambia su estructura al absorber la luz (si bien en la flora sólo la luz roja e infrarroja, en cambio en la fauna el espectro de luz detectado es más amplio pues llega a los rayos ultravioleta; y se trata del mismo cambio, una isomerización cis-trans, término técnico que significa que la colocación de los átomos en el espacio, tanto de la ficocianobilina del fitocromo como del retinal de la rodopsiona, sufre el mismo cambio.
¿Qué diferencias hallamos entre los fotodetectores vegetales y animales? Los mecanismos moleculares posteriores a la detección, las consecuencias fisiológicas para el organismo y la ubicación de los detectores son muy diferentes. La rodopsina se encuentra localizada en células especializadas (conos y bastones) de los ojos animales; los fitocromos tienen una presencia más ubicua, se hallan en casi todas las partes de la planta, pero aparecen con mayor abundancia en los tejidos especializados en el crecimiento. La activación del fitocromo desencadena una gama de respuestas enzimáticas y expresión de genes relacionados con la floración, la germinación, el crecimiento vegetal para escapar de la sombra y la regulación de la actividad metabólica durante día y la noche (ritmos circadianos). La activación de la rodopsina genera señales eléctricas que se transmiten al cerebro, donde los animales forman imágenes del mundo externo.
Espero que el avisado lector ya disponga de suficientes argumentos válidos para juzgar.